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Los hombres que le tenían preso se burlaban de él y le golpeaban. Y, cubriéndole con un velo, le preguntaban: «¡Adivina! ¿Quién es el que te ha pegado?» Y le insultaban diciéndole otras muchas cosas.
(Lc 22, 63-65)
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Duccio di Buoninsegna La corona de espinas
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Aquella noche Jesús fue torturado, humillado, golpeado. Tanto le vendaron que ni siquiera sabía quién le pegaba. Se burlaban de él: «¡Adivina! ¿Quién es el que te ha pegado?». Habían lanzado muchos otros insultos contra él. Aquella noche, vendado en una cárcel, fue para Jesús una noche totalmente igual a la de otros muchos condenados. Leer este Evangelio significa para nosotros recordar a este inmenso pueblo de sufrientes, de torturados, de encarcelados, de abandonados. Para nosotros que dormimos por tristeza, es un recuerdo. El mejor de los hombres, el Señor Jesús, el más grande de los hombres, ha sido un encarcelado, un abandonado, un torturado.
Ha compartido la noche larga y oscura de muchos enfermos, abandonados, de muchos prisioneros. A lo largo de los días de su vida, ha predicado para liberar a los presos y para curar a los enfermos. Al final, Jesús ha eliminado toda distancia con los que sufren, encontrándose entre los más desgraciados mientras le es arrebatada toda su dignidad. Su sufrimiento le une a la cadena ininterrumpida de los torturados y condenados sumidos en la oscuridad más absoluta y en el dolor.
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