Pascua 2008 - Pascua

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Pascua 2008

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Homilía

El sábado ha pasado; han terminado los días de los hombres. He aquí un nuevo día. Es cierto, comienza de forma triste, como triste es con frecuencia nuestra vida. Es un alba triste junto a un sepulcro. La tumba de Jesús no es una tumba especial, es una tumba similar a las del resto de hombres y mujeres. Si acaso hay una tristeza añadida: en aquella tumba no ha acabado sólo el cuerpo de un amigo, ha acabado la esperanza de un reino nuevo que había inflamado a aquel pequeño grupo de hombres que había seguido a Jesús desde Galilea. Si el mundo tuviese el coraje de pararse junto a las tumbas sentiría en el propio pecho como un nudo de angustia, un sentimiento de temor ante la muerte de la esperanza, del futuro. ¿Sólo en los cementerios? No. Hoy en día existen países que se han convertido en grandes tumbas, en cementerios de víctimas a menudo inocentes a causa de la opresión, la violencia, la guerra. Ante este panorama de muerte muchos hombres huyen, como hicieron también los discípulos de Jesús. Sólo tres mujeres, escribe el Evangelio de Marcos, permanecen. La primera, María de Magdala, es una mujer un poco extraña: ha sido curada de siete demonios. La otra María es la madre de Santiago, y después está Salomé. Son tres pobres mujeres galileas que han venido a Jerusalén siguiendo a Jesús. Ahora, perdidas y conmocionadas tras los tristes sucesos ocurridos a su Maestro, no saben hacer otra cosa que ir al sepulcro. Al alba estaban ya allí, preocupadas por cómo entrar en él. Una piedra pesada, como pesadas son las piedras que aplastan la vida de los débiles, cerraba el sepulcro. Sin embargo, apenas llegaron vieron que la piedra había sido apartada, y a un ángel envuelto en blancas vestiduras, sentado a la derecha. Tuvieron miedo, pero el ángel proclamó el Evangelio de la resurrección: “No os asustéis. Buscáis a Jesús de Nazaret, el Crucificado; ha resucitado, no está aquí”.

Es la primera Pascua, y es para una pequeña comunidad de sólo tres pobres mujeres, extranjeras y despreciadas. Una vez más se cumple lo que Jesús había dicho: “Se anuncia a los pobres la Buena Nueva; ¡y dichoso aquel que no halle escándalo en mí!”. Es la primera Pascua; pero aunque sea para sólo tres pobres mujeres no es un hecho privado, es para todos los discípulos: “Pero id a decir a sus discípulos y a Pedro que irá delante de vosotros a Galilea”. Desde allí los discípulos deberán anunciar la resurrección a todos los hombres hasta los confines de la tierra. La resurrección es un anuncio que sacude la vida entera de los hombres. La estremece del principio al final para darle un nuevo rostro, remueve las piedras pesadas que aprisionan los corazones de los hombres para hacerlos libres, ilumina la oscuridad que pesa sobre la vida para manifestar el resplandor de la misericordia. Quien resucita es el crucificado; aquel muerto en la cruz es ahora revestido del poder de Dios. Y la cruz que aparecía como la impotencia se convierte en la fuerza de Dios en el mundo. Con frecuencia, sobre todo en la tradición iconográfica de las Iglesias de Oriente, la cruz lleva de un lado a Jesús crucificado y del otro a Jesús resucitado. En las apariciones es el crucificado el que aparece resucitado, para manifestar la fuerza de su amor por nosotros: así como había sido crucificado por nosotros, así es resucitado por nosotros.

Éste es el anuncio que aquellas mujeres recibieros del ángel, y que provoca una gran alegría a la vez que temor. Alegría porque intuyen que Jesús podrá quedarse con ellas, pero también temor por encontrase inmersas en el día de Dios. Y huyeron corriendo del sepulcro. No se quedaron paradas allí donde estaban; una urgencia se apoderó de ellas. Sí, uno no se puede retrasar ante el anuncio de la resurrección. Hay prisa, prisa por anunciar la liberación a los prisoneros del mal, a quien está sepultado por la maldad, a quien es esclavo del orgullo y del odio, a quien es aplastado por el hambre y la guerra. Incluso tres pobres mujeres pueden hacerlo. Precisamente ellas, despreciadas y para nada tenidas en cuenta, fueron las primeras enviadas a anunciar el Evangelio. Y los discípulos deben ir a Galilea, a la extrema periferia de Israel, a sus confines, donde comienza la región de los paganos: ahí encontrarán al Señor resucitado y de ahí partirán por los caminos del mundo. La Galilea es la inmensa periferia pobre del mundo que espera el anuncio de una esperanza; pero quizá es también el corazón de cada uno de nosotros que espera ver al Señor. “¡Cristo ha resucitado! ¡Verdaderamente ha resucitado!”