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Stuttgart, 12 de mayo de 2007



Juntos por Europa:

Intervención de Andrea Riccardi en la Jornada de Encuentro 
entre los movimientos eclesiales y comunidades católicas, ortodoxas y evangélicas

Andrea RiccardiAnte todo gracias por estar aquí "Juntos por Europa”, otra vez y tantos, después del 2004: para decir que esta Europa nos interesa, es más, es el horizonte de nuestra vida.

También debemos la fidelidad a esta cita a una gran mujer, nuestra amiga Chiara Lubich, que ha querido con tenacidad que volviéramos a encontrarnos. Chiara, nacida en el Trentino de De Gasperi, italiana pero a las puertas del mundo alemán, sintió desde su juventud el drama de la guerra entre europeos. El carisma de su movimiento, la unidad, madura bajo las bombas como esperanza cristiana para un continente. ¡Gracias Chiara!

En efecto, una generación, la de Juan Pablo II, la misma de Chiara, ha conocido el horror de la guerra entre europeos, el odio entre franceses y alemanes, los bombardeos, los campos de concentración y exterminio. Por dos veces en el siglo XX, la guerra entre europeos se convirtió en guerra mundial, involucrando al mundo entero. Los europeos creyeron poder construir un orden nuevo los unos sobre los otros. Es la locura del nacionalismo.

Después de la guerra vinieron los tiempos de la reconstrucción. La guerra mundial enseñó el abismo apocalíptico del mal: Auschwitz…., que ha tragado millones de vidas de niños, mujeres, hombres, sólo culpables de llamarse Levi o Coen, de ser judíos, gitanos o también eslavos.

Después del abismo, ¿se podía volver como antes, a combatirse como siempre? "Vuestras iniquidades han cavado un abismo.. "- dice el profeta Isaías (59,2).

¡Hacía falta colmar el abismo! Del abismo de Auschwitz partió el proceso constructivo que llevó a los Tratados de Roma, en 1957, y a los pasos siguientes hasta la Unión Europea. Pero la Europa centro-oriental estaba amputada del resto y encerrada en el sistema comunista. Muchos se habían resignado. Sólo en 1978, un obispo, un polaco, Juan Pablo II, expresión del genio católico y europeo, gritó fuerte que Europa no podía respirar con un solo pulmón. Era antinatural y enfermo.

Llegó el 89, una de las más grandes revoluciones que - por inteligencia de los hombres y por regalo de Dios – ocurrió sin derramamiento de sangre. Esa sangre ahorrada pide, exige que ni hoy ni nunca haya espíritu de venganza, aunque los hombres hayan sido débiles, aunque puede parecer justicia. Una revolución tan especial es un regalo de paz para toda Europa.

En pocos días, Europa había cambiado. Recuerdo la Albania de Enver Hoxha, donde el cielo había sido cerrado por la policía y estaba prohibido rezar. Cómo no recordar la reconstrucción espiritual, hecha por un gran obispo, Anastasio, primado de la Iglesia ortodoxa de Albania, que me honro de considerar mi amigo. Anastasio, que está entre nosotros, representa el genio ortodoxo, basado en la liturgia, valiente en el encuentro con los hombres.

Si el Oriente europeo necesita del Occidente, nuestro Occidente necesita del Oriente, el católico, pero también del genio de la ortodoxia griega, rusa, eslava, rumana. ¿No lo expresa la difusión del icono en Occidente, en nuestras casas e iglesias?

Me pregunto: nosotros europeos, hijos de una tierra donde los cristianos se han dividido entre Roma y Constantinopla a principios del segundo milenio, y después en el siglo XVI,… ¿podemos renunciar al sueño de la unidad entre aquellos por los que Jesús rezó: que sean una cosa sola?

Tenía catorce años y recuerdo la alegría del encuentro en 1964 entre Pablo VI y el patriarca Athenagoras. Se pasaba una página. ¿El viento de la historia la ha hecho volver atrás? El card. Kasper, gran tejedor de encuentros ecuménicos, recuerda la emoción de Augsburg. El obispo Huber lo recuerda. ¿Dónde sopla el viento?

Si nuestras comunidades serán más hermanas, los pueblos europeos serán más hermanos. La unidad entre cristianos debe convertirse en la madre de la colaboración cotidiana que nos hermana y de la oración común que nos recoge. Es lo que Helmut Nicklas, al que queremos enviar nuestros saludos más afectuosos, ha sostenido siempre con pasión y generosidad. Éste es el cemento de una Europa unida.

Estamos en veintisiete países: es un gran horizonte de personas unidas y diferentes.

Tenemos la paz, los recursos económicos, la libertad para soñar un futuro bello. Para nuestros países, para las jóvenes generaciones. ¡Podemos soñar!

Somos libres de hacerlo. La libertad es un gran don. La libertad, la hemos sufrido. El pastor de Clérmont, con la Iglesia reformada y su familia, recuerda la historia difícil de las minorías evangélicas en tierra católica: es un testimonio precioso de la primacía de la Palabra de Dios y de la libertad. Nuestros padres han pagado por la libertad. Pienso en el pastor Paul Schneider, asesinado en Buchenwald; en el amor a la libertad de Bonhoeffer, en los cientos de miles de cristianos, también católicos y evangélicos, asesinados en tierra soviética y en el Este.

La libertad es una herencia para aceptar con responsabilidad más que una ocasión para gozar y desperdiciar. ¿Recuerdan a Pablo?:

"Ustedes, hermanos, han sido llamados para vivir en libertad, pero procuren que esta libertad no sea un pretexto para satisfacer los deseos carnales; háganse más bien servidores los unos de los otros, por medio del amor" (Gal. 5,13). Así escribe el gran apóstol de los europeos y los mediterráneos en el siglo primero.

¿Qué hacer con esta libertad de la que gozamos? Alguno se lamenta que, en nuestro tiempo, faltan ideales por los que gastarse. Faltan grandes visiones y profetas.

Pero no es verdad. Quizás no se vean, porque caminamos con los ojos bajos. En el Evangelio hay una mujer encorvada, que no podía enderezarse de ningún modo. Jesús la vio y la curó: se enderezó y glorificaba a Dios (Lc. 13,10 ss). Muchas veces las visiones no se ven, porque estamos encorvados sobre la vida cotidiana, sobre nosotros mismos, sobre los propios vecinos. ¡Dejémonos curar y enderecémonos para finalmente mirar!

Si veo esta gente, aquí reunida, es una visión: mujeres y hombres europeos unidos. La visión es una Europa unida: es decir, un modo europeo de ser franceses, alemanes, italianos, españoles, austriacos, polacos, rumanos, británicos... Me perdonará quien no recuerdo.

Si las instituciones son rígidas, si los procesos se retrasan, si los políticos titubean, si un grupo deposita la responsabilidad del retraso sobre los otros, nosotros, cristianos europeos, debemos tener el coraje de promover un sentimiento europeo común, capaz de habitar corazones y mentes. Decimos: faltan los profetas. Pero ¿no debemos ser nosotros un pueblo profético?

Seremos proféticos si bebemos de la Palabra de Dios y no de las charlas de debates gritados y vacíos. Quien escucha la Palabra, puede vivir como profeta.

Tiene un sentido profético, queridos amigos, ser cristianos europeos juntos por Europa. Pueblo profético quiere decir también ser capaces de hacer brotar un sentimiento de grupo, unitivo, que se transforme en una corriente vital entre nuestros conciudadanos europeos, cristianos y no cristianos, creyentes o no creyentes. ¿No tenemos que añadir a las tareas y a los servicios de nuestros movimientos esta decisiva profecía europea? ¿No tenemos que sentirnos proféticamente "cristianos europeos?" ¿No tenemos que ser pueblo profético?

Los profetas los hemos tenido. Roger Schutz ha recorrido incansablemente Europa, haciendo rezar y reunirse a los jóvenes europeos del este y el oeste: evangélico suizo, muy querido por los católicos, amigo de los ortodoxos, frére Roger ha puesto la oración en la raíz de la unidad.

¿Quién recogerá su manto de profeta?

Quizás nuestros sueños se vuelven modestos. Nos cerramos en los vestidos tranquilizadores de nuestras identidades de grupo. Son identidades bellísimas, son la mía. Tenemos que profundizarlas y conservarlas. Pero todos debemos ponernos bajo el manto del profeta, ser un pueblo de cristianos europeos: profético a través de tradiciones, carismas, espiritualidad, Iglesias diferentes, pero todos capaces de arrollar e involucrar a los europeos en el sentido de un destino común.

Tenemos un destino común. Es algo para comunicar a nuestros conciudadanos como una convicción, una visión y una pasión más.

Sin el destino europeo común, en el gran encuentro con el futuro - un futuro hecho en buena parte por la cultura y las masas asiáticas - nosotros alemanes, belgas, holandeses, húngaros, portugueses.. y otros europeos, ¿qué futuro tendremos? Europa no es el centro del mundo y la historia de mañana está hecha por grandes mundos diferentes del nuestro.

No lo digo para provocar un choque de civilizaciones. Pero el mundo de mañana no lo tenemos en nuestros bolsillos. Tendremos que estar en él como europeos. Tenemos valores preciosos de libertad, de fe, de solidaridad, de cultura, de humanismo, importantes para el futuro del mundo. No podemos perdernos, porque se perdería una parte importante del humanismo en el mundo contemporáneo.

Pero divididos nos dispersaremos y después nos perderemos olvidando aquello de lo que somos portadores. El miedo de perder nuestro mundo nacional retarda la unificación. Pero, con el tiempo, también se perderá la riqueza de nuestro mundo nacional, que de tal, se volverá primero provincia y gueto sitiado después. Unidos, europeos unidos en la diversidad, seremos en el mundo contemporáneo una fuerza humana gentil, sólida: un recurso de humanismo.

Debemos hacer crecer la pasión europea, la fuerza unitiva entre nuestros conciudadanos europeos. No es una pasión genérica. Ser europeos en el mundo se convierte en una vocación.

En este nuestro mundo, incluso pocos (y no somos tan pocos) pueden determinar el futuro. Si pocos, el 11 de septiembre del 2001, con el terrorismo han desconcertado al mundo entero y dado la muerte..., pocos o muchos, con el sueño de la Europa unida, podrán ofrecer paz e ideales a muchos europeos. Éste es el humanismo europeo, capaz de construir la paz.

Los cristianos pueden ser el corazón de este humanismo. Quien ama el Evangelio, ama al hombre. Dice un antiguo texto cristiano: "Y nunca estén contentos, si no es cuando miran con amor a vuestro hermano". La alegría y la fuerza del humanismo de los cristianos es mirar con amor al hermano.

Por esto debemos pedir que en Europa crezca la justicia: el escándalo de una pobreza demasiado grande tiene que terminar. Tenemos que pedir justicia por la vida cuando es débil: la de los concebidos, la de los niños, la de los enfermos, la de los ancianos. El humanismo europeo no es solo el de quien está bien de salud y dinero. Una Europa unida quiere decir también una Europa que no se separa, que no se aleja de sus pequeños, de la vida débil y naciente, de sus ancianos, de sus pobres. Tenemos que mirar con amor estos rostros débiles. Para nosotros no es algo que sólo hay que pedir, sino que es un empeño de amor para vivir cada día.

¿Pero cómo estar contentos, cuándo nuestro gran vecino está mal?

Nuestro vecino es África, la gran África subsahariana. Desde el 2004 no ha crecido, quizás ha disminuido, la colaboración europea con África. ¿La política va en sentido contrario?

Para nosotros cristianos Europa no puede vivir sola o para si misma. Tenemos un gran vecino: África, de las guerras (todavía conflictos abiertos, como en Darfour), de los 30 millones de seropositivos (sobre los 42 millones del mundo) donde más de dos tercios son excluidos del bienestar.

Como Europa estaremos unidos, seremos felices, cuando miraremos África comprometiéndonos con ella. África tiene un destino común con nosotros: viviremos juntos o pereceremos juntos. Después de la segunda guerra mundial un gran africano y un gran cristiano, el senegalés Senghor, lanzó el horizonte de Euráfrica: Europa y África juntas. Europa se unirá más, en la medida en que sabrá vivir con África.

Juntos por Europa, después de esta cita, tiene que convertirse en un movimiento de sentimientos, de ideas en los países europeos, para que Europa mire a África, para que alimente su alma de humanismo, para que una corriente de pasión por la unidad derrote las rigideces y las fronteras. Juntos por Europa, queridos amigos, no es una bonita manifestación sino la expresión de un destino que sentimos como vocación para nosotros cristianos, como oportunidad para nuestros conciudadanos, como regalo para el mundo entero.

Es una corriente profunda de la historia. Y esta corriente, al final, será arrolladora e irresistible.

Andrea Riccardi