|
|
4/10/2002 Memoria de San Francisco de Asís |
|
Vuelve a:
Select Language:
|
Queridos hermanos, con la lectura del Evangelio de las Bienaventuranzas que acabamos de escuchar queremos hoy recordar la figura de San Francisco. Después de muchos siglos, Francisco sigue dando testimonio de que es posible vivir el Evangelio. Sí, es posible vivir el Evangelio en este mundo nuestro de la complejidad y de las imposibilidades que se entrecruzan, es posible vivir el Evangelio, este es el mensaje que hoy nos ofrece el testimonio de Francisco. Esto es un escándalo para los sabios, sobre todo en este tiempo que nos hace sentirnos a todos sabios. De hecho, entre los cristianos, no todos estamos convencidos de que es posible vivir de verdad el Evangelio. Parece un ideal, pero demasiado alejado de la realidad. Todos lo hemos pensado alguna vez: la realidad es mucho más compleja que el Evangelio. Esta tarde, Francisco predica en medio de nosotros que el Evangelio es posible, que es un gran don que Dios ha hecho a hombres y mujeres sin méritos. Parece sugerirnos con una gran convicción aunque sin levantar la voz que es el momento de vivir el Evangelio, de decidirse a vivir el Evangelio. Para ello hace falta dejar atrás, como el joven rico, muchas riquezas que llevamos dentro, para ir tras el Señor y seguirle. El problema no es encontrar éxito, afirmarnos, tener cosas, quedar por encima de los demás, ser reconocidos.... A menudo esta es nuestra lógica. Estas son nuestras riquezas, detrás de las que pasamos nuestro tiempo, entre avidez y tristeza. Quizá nos preguntamos, ¿acaso no es normal? ¿cómo vamos a ir contra nuestro carácter, contra nuestra naturaleza, contra nuestra voluntad más profunda? En el fondo, tenemos una soberbia que nos hace sentirnos propietarios de nuestra vida, o de la vida de la Comunidad. Una altivez que al final se convierte siempre en tristeza. Esta tarde, Francisco, el pobrecillo, como le gustaba definirse, nos acompaña en nuestra oración. El icono rodeado de flores nos recuerda su presencia. A sus hermanos, en cierta ocasión les dijo: “Nosotros no debemos ser sabios y prudentes según la carne, sino simples, humildes y puros. Despreciémonos a nosotros mismos, porque todos, por nuestra culpa, somos míseros. No debemos desear nunca estar por encima de los demás, sino que debemos ser siervos”. Francisco se presenta como el humilde y aconseja a los cristianos que sean humildes. Quizá su consejo suene a extraño entre nosotros, entre nuestra soberbia. Pero nos ofrece una llave. La llave para atravesar la puerta y salir de los muros del orgullo y la soberbia es la humildad. La humildad es la llave de la libertad de esos muros que parecen defendernos pero que nos aprisionan y, sobretodo, ofenden a los que chocan contra esos muros. Hay muchos que chocan contra el muro de nuestra mirada sombría, de nuestro hablar apabullante, de nuestro pensar sólo en nosotros mismos, con el muro de nuestro no dejar espacio a los demás, de nuestra humanidad poco acogedora y muy protagonista. Es el muro contra el que chocan nuestros amigos pero también muchas personas que no conocemos sin darnos cuenta. Como dice el apóstol Pablo, hacemos el mal que no queremos hacer. La humildad es la llave que hay que utilizar para salir de estos muros. Es la llave de la libertad. El Evangelio regala a cada uno esta llave. Cuidemos de no perderla. No hay otro modo de ser libres que siendo humildes. Francisco se presenta como el hermano humilde que no pide para sí, que no se afirma, pero que vive el Evangelio como la palabra decisiva de su vida. Francisco recomienda vivir el espíritu del Evangelio que empieza con la humildad. “Las palabras matan a aquellos religiosos que no quieren seguir el espíritu de la divina Escritura, y que sólo quieren aprender palabras y explicárselas a otros”. Es una de las moniciones de la vida del santo de Asís. Hay que tomar en serio el Evangelio, la Palabra que Dios nos ha dado: hay que fiarse de Dios tomando en serio el Evangelio en nuestra vida. Por ello, con coraje y con fuerza, debemos abrir la puerta de la vida con la llave de la humildad. Dice Francisco también en sus moniciones: “donde hay paciencia hay humildad no hay ni ira ni turbación”. La humildad nos permite acercarnos al Evangelio con respeto, ya que no es un libro más entre muchas cosas hermosas que quizá no valen nada. Francisco continúa: “Somos sus hermanos cuando hacemos la voluntad del Padre suyo que está en los cielos. Somos su madre cuando le llevamos en el corazón y en nuestro cuerpo con amor y una conciencia pura y sincera, y lo generamos por medio de nuestras santas obras”. El corazón del ser cristianos no está en un hacer cosas especiales, sino en un ser humildes y discípulos. De aquí surge una forma de obrar que es mucho más profunda que cualquier obrar. Por esto, las bienaventuranzas son vivibles. Por esto los mansos, aunque sean mansos, heredarán la tierra, y no la heredarán los fuertes y poderosos. Pero manso y humilde no significa triste. Con frecuencia nuestro mundo es triste, incluso cuando se exalta a sí mismo con alegría. Es la tristeza de aquel joven rico que ve sus sueños truncados por el apego a sus riquezas. Tomás de Celano, un biógrafo de Francisco, dice que el santo estaba completamente convencido de que la alegría era el remedio más seguro contra el mal. “El diablo se alegra, sobretodo, cuando logra arrebatar la alegría del alma al siervo de Dios. Lleva polvo que poder colar en las rendijas más pequeñas de la conciencia y con que ensuciar el candor del alma y la pureza de la vida. Pero cuando la alegría espiritual llena los corazones, la serpiente derrama en vano el veneno mortal. Los demonios no pueden hacer daño al siervo de Cristo, a quien ven rebosante de alegría santa. Por el contrario, el ánimo flebe, desolado y melancólico se deja sumir fácilmente en la tristeza o envolverse en vanas satisfacciones” (Celano, Vida segunda, 125). ¿Qué diría Francisco si entrara en medio de nosotros? Quizá tendría las mismas palabras que dirigió a un compañero con el rostro triste y melancólico: “No va bien en el siervo de Dios presentarse triste y turbado ante los hombres, sino siempre amable. Tus pecados examínalos en la celda ... Cuando vuelvas a donde están los hermanos, depuesta la melancolía, confórmate a los demás” (Celano, Vida segunda, 128) Y diría todavía: “Guárdense los hermanos de mostrarse ceñudos exteriormente e hipócritamente tristes, muéstrense, más bien, gozosos en el Señor, alegres y risueños y debidamente agradables” (Celano, Vida segunda, 128). La humildad no es imponerse, sino ser alegres, risueños y agradables. Tomemos en serio y con humildad el Evangelio. Tratemos de vivir sus palabras. La llave de la humildad nos liberará de los muros melancólicos y tristes de nosotros mismos. La palabra del Evangelio nos conducirá por los caminos del mundo. Francisco había entendido que es inútil indicar sus errores a los demás, como utilizar palabras severas o tratar de hacer grandes programas de reforma que siempre resultan inútiles. Hay que empezar reformándose uno mismo partiendo del Evangelio. Hay una fuerza transformadora que se desarrolla a partir del Evangelio vivido. Queridos hermanos, nosotros estamos convencidos de que hace falta una nueva orientación en este tiempo, como una reforma profunda. Este mundo nuestro que está desperdiciando el gran bien de la paz la necesita. La necesita este mundo nuestro que está desperdiciando tantas riquezas que podrían ser la posibilidad de un mundo mejor. Este mundo nuestro dominado por la avidez y el victimismo necesita una reforma profunda. Pero esta reforma o esta nueva orientación empiezan por nosotros mismos, por cada uno de nosotros, si nos fiamos de Dios viviendo verdaderamente el Evangelio. Cada uno de nosotros puede empezar a cambiar el mundo partiendo de sí. Por eso estamos convencidos de que esta fiesta de San Francisco puede realizar el milagro de hacernos simples, es decir, humildes, ante el Evangelio. Será quizá el milagro del camello que atraviesa el ojo de una aguja. Pero para Dios todo es posible. Se lee en las Florecillas de San Francisco que el hermano Maseo le preguntó al hombre de Dios: “¿Por qué a ti? ¿Por qué a ti? ¿Por que a ti? ¿Qué quieres decir con esto? –repuso San Francisco. Y el hermano Maseo : Me pregunto ¿por qué todo el mundo va detrás de ti y no parece sino que todos pugnan por verte, oirte y obedecerte? Tú no eres hermoso de cuerpo, no sobresales por la ciencia, no eres noble, y entonces, ¿por qué todo el mundo va en pos de ti?” San Francisco le respondió: “¿Quieres saber por qué a mí? ¿quieres saber por qué a mí? ¿quieres saber por qué a mí viene todo el mundo? Esto me viene de los ojos del Dios altísimo, que miran en todas partes a buenos y malos, y esos ojos santísimos no han visto, entre los pecadores, ninguno más vil ni más inútil, ni más grande pecador que yo. Y como no ha hallado sobre la tierra otra criatura más vil para realizar la obra maravillosa que se había propuesto, me ha escogido a mí para confundir la nobleza, la grandeza y la fortaleza, y la belleza y la sabiduría del mundo, a fin de que quede patente que de Él, y no de criatura alguna, proviene toda virtud y todo bien, y nadie puede gloriarse en presencia de Él, sino que quien se gloríe, ha de gloriarse en el Señor”(Florecillas, cap. X). Este es el secreto de Francisco: toda su fuerza está en ser humilde. Hay una gran alegría, la de creer que el hombre humilde puede desplazar el mundo. Es el milagro de Francisco. ¿Y no es también ese milagro que hace diez años, en la fiesta de San Francisco, se realizó cuando se firmó la paz en Mozambique? ¿No ha sido un milagro esa obra de gente sin fuerza que ha llevado a la paz? ¿Y no es un milagro que esa paz se haya sostenido durante diez años en medio de enormes dificultades? Sí, los milagros son posibles.
|
|
|