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Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Gloria a ti, oh Señor, sea gloria a ti

Yo soy el buen pastor,
mis ovejas escuchan mi voz
y devendrán
un solo rebaño y un solo redil.

Gloria a ti, oh Señor, sea gloria a ti

Eclesiastés 7,19-29

La sabiduría da más fuerza al sabio que diez poderosos que haya en la ciudad. Cierto es que no hay ningún justo en la tierra
que haga el bien sin nunca pecar. Tampoco hagas caso de todo lo que se dice, para que no oigas que tu siervo te denigra. Que tu corazón bien sabe cuántas veces también tú has denigrado a otros. Todo esto lo intenté con la sabiduría. Dije: Seré sabio. Pero eso estaba lejos de mí. Lejos está cualquier cosa, y profundo, lo profundo: ¿quién lo encontrará? He aplicado mi corazón a explorar y a buscar sabiduría y razón, a reconocer la maldad como una necedad, y la necedad como una locura. He hallado que la mujer es más amarga que la muerte, porque ella es como una red, su corazón como un lazo,
y sus brazos como cadenas:
El que agrada a Dios se libra de ella,
mas el pecador cae en su trampa. Mira, esto he hallado, dice Cohélet, tratando de razonar, caso por caso. Aunque he seguido buscando, nada más he hallado. Un hombre entre mil, sí que lo hallo;
pero mujer entre todas ellas, no la encuentro. Mira, lo que hallé fue sólo esto: Dios hizo sencillo al hombre, pero él se complicó con muchas razones.

 

Gloria a ti, oh Señor, sea gloria a ti

Les doy un mandamiento nuevo:
que se amen los unos a los otros.

Gloria a ti, oh Señor, sea gloria a ti

Cohélet continúa hablando de la sabiduría citando un dicho que magnifica su valor uniéndolo incluso al "gobierno": "La sabiduría hace más fuerte al sabio que diez poderosos que haya en la ciudad" (v. 19). Pero observa inmediatamente que no se encuentra a nadie que sea perfectamente justo y sin pecado (v. 20). En efecto, la justicia y la sabiduría humanas se ven siempre comprometidas y contaminadas por la debilidad humana. Es un tema que atraviesa las páginas de la Biblia. El libro de los Proverbios escribe: "¿Quién puede decir: «Soy puro, estoy limpio de pecado»?" (20, 9), y el salmista canta: "Mira que nací culpable, pecador me concibió mi madre" (51, 7). El autor, tras haber exhortado a ser consciente de los propios límites y debilidades, invita sin embargo a no dar un peso excesivo a las críticas -aunque en cualquier caso sea deseable un sabio discernimiento. Es bueno que el sabio, consciente de no ser inmune a los errores, no pretenda sólo que le alaben. Evoca después su decisión de encaminarse hacia la sabiduría: "Seré sabio" (v. 23). Es una decisión que nace de un atento examen de todo lo que se dice sobre ella: es de verdad un ideal fascinante y que merece la pena perseguir. Sin embargo -continúa el autor-, la búsqueda es vana: la sabiduría permanece siempre lejana e inaccesible. Podríamos decir que es la derrota radical del orgullo humano: el mundo, en su totalidad, escapa a la comprensión del hombre. Cohélet introduce entonces una reflexión sobre la mujer, sobre su poder de seducción en relación al hombre, y por tanto sobre el "peligro" que puede suponer. Esto se inscribe en la cultura de misoginia que lleva a afirmar: "La mujer es más amarga que la muerte" (v. 26). Esta imagen de la mujer era una convicción común en aquella época e incluso mucho después. Cohélet busca una respuesta y no la encuentra, sino que se topa con un proverbio: "Un hombre encontré entre mil, pero entre todas ellas no encontré una mujer". Es un proverbio enigmático; quizá quiera decir que aunque fuera posible "conocer" entre "mil" -es decir, entre un número inmenso de personas- a un solo individuo, no se puede decir que sea posible "conocer" verdaderamente a una mujer. En otras palabras, que la mujer no se puede clasificar tan fácil y banalmente como pretenden muchos tópicos, ya sean cultos o populares, y sugiere que sólo en la fe se encuentra una respuesta: Dios ha creado al hombre y a la mujer íntegros y sin ambigüedad. Si en la historia aparecen distorsiones, esto no depende de Dios sino de que el hombre "se complicó con tantos razonamientos". El porqué de las cosas viene sólo de la fe. También es válido para Cohélet lo que escribe el libro de los Proverbios: "El temor de Yahvé es el principio del conocimiento" (1, 7).


11/03/2010
Memoria de la Iglesia


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