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La oración cada día


 
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Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Gloria a ti, oh Señor, sea gloria a ti

Este es el Evangelio de los pobres,
la liberación de los prisioneros,
la vista de los ciegos,
la libertad de los oprimidos.

Gloria a ti, oh Señor, sea gloria a ti

Eclesiastés 12,1-8

Acuérdate de tu Creador en tus días mozos,
mientras no vengan los días malos,
y se echen encima años en que dirás: "No me
agradan"; mientras no se nublen el sol y la luz,
la luna y las estrellas,
y retornen las nubes tras la lluvia; cuando tiemblen los guardas de palacio y se doblen los guerreros,
se paren las moledoras, por quedar pocas,
se queden a oscuras las que miran por las ventanas, y se cierren las puertas de la calle,
ahogándose el son del molino;
cundo uno se levante al canto del pájaro,
y se enmudezcan todas las canciones. También la altura da recelo,
y hay sustos en el camino,
florece el almendro,
está grávida la langosta,
y pierde su sabor la alcaparra;
y es que el hombre se va a su eterna morada,
y circulan por la calle los del duelo; mientras no se quiebre la hebra de plata,
se rompa la bolita de oro,
se haga añicos el cántaro contra la fuente,
se caiga la polea dentro del pozo, vuelva el polvo a la tierra, a lo que era,
y el espíritu vuelva a Dios que es quien lo dio. ¡Vanidad de vanidades! - dice Cohélet -: ¡todo vanidad!

 

Gloria a ti, oh Señor, sea gloria a ti

El Hijo del hombre,
ha venido a servir,
quien quiera ser grande
se haga siervo de todos.

Gloria a ti, oh Señor, sea gloria a ti

Cohélet cierra este pequeño libro, que ha dirigido a los jóvenes, con una meditación sobre el "tiempo de la vida". Presenta la juventud como la primavera, y la vejez es el invierno (v. 2), cuando no brillan ni el sol de día ni la luna y las estrellas de noche; tras la lluvia no llega en seguida el sereno, como después de las borrascas primaverales, sino más nubes. Tras el invierno de la vejez no habrá más primaveras, el cielo se acaba. Y compara la vida con una casa, al principio llena de vida y de alegría (es el tiempo de la juventud), pero luego cada vez más desierta y ruinosa. El abandono y el aislamiento se abatirán igualmente sobre la casa del rico, donde incluso los guardianes envejecen y se vuelven temblorosos, y los robustos se encorvan bajo el peso de los años (12, 3). Esa casa se irá vaciando progresivamente, la muerte se irá cobrando víctimas y reducirá los inquilinos a un número tan bajo que ya no serán necesarias las máquinas moledoras que preparan la harina para el pan. Incluso las amas envejecerán ("se oscurecerán"). Los viejos ya no trabajan en el molino "a la tarde"; los que están al atardecer de la vida (12, 4) se levantan temprano por la mañana pero sin la alegría de los jóvenes, los cuales, apenas despiertan, sienten deseos de cantar con voz fuerte. Las fuerzas físicas abandonan progresivamente al anciano, que teme las alturas -incluso las domésticas, como la escalera externa que sube a la terraza de las antiguas casas palestinas (12, 5). Las calles del pueblo se vuelven inseguras para él; incluso algunos alimentos, como la almendra o la langosta, provocan asco o pesadez, y la alcaparra, un fruto que generalmente estimula el apetito, no produce ningún efecto. Y así llega el momento en el que el hombre se marcha hacia su "morada eterna" (12, 5), y se hace duelo por él. Con la muerte se rompe la hebra de plata, se quiebra la copa de oro, se precipita al fondo del pozo la polea: la copa quebrada y el agua del pozo que ya no se extrae más son símbolos de la vida. La casa se arruina porque el hombre ya no la habita, llevado por la muerte a su morada eterna. El hombre es un ser que camina hacia la muerte, es un soplo que finalmente retornará a Dios. La vida humana, desde el principio hasta el fin, está en manos de Dios (cf. 9, 1). El tiempo, la vida y sus alegrías son un don del Creador; el hombre no es su dueño en absoluto. Este canto triste y melancólico sobre la vejez no es fruto de la experiencia del fracaso, sino del reconocerse -sin ningún complejo- como "criatura de Dios". El pensamiento de la muerte enseña a vivir sin miedo la propia condición de finitud y limitación. El hombre sabio, reconociendo su propio límite y su fragilidad, encuentra la libertad de disfrutar de la vida como un don del Creador.


22/03/2010
Memoria de los pobres


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