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La oración cada día


 
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Iglesia de San Egidio - Roma

Aniversario del comienzo del ministerio pastoral del Papa Benedicto XVI


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Este es el Evangelio de los pobres,
la liberación de los prisioneros,
la vista de los ciegos,
la libertad de los oprimidos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Juan 6,22-29

Al día siguiente, la gente que se había quedado al otro lado del mar, vio que allí no había más que una barca y que Jesús no había montado en la barca con sus discípulos, sino que los discípulos se habían marchado solos. Pero llegaron barcas de Tiberíades cerca del lugar donde habían comido pan. Cuando la gente vio que Jesús no estaba allí, ni tampoco sus discípulos, subieron a las barcas y fueron a Cafarnaúm, en busca de Jesús. Al encontrarle a la orilla del mar, le dijeron: «Rabbí, ¿cuándo has llegado aquí?» Jesús les respondió: «En verdad, en verdad os digo:
vosotros me buscáis,
no porque habéis visto señales,
sino porque habéis comido de los panes y os habéis
saciado. Obrad, no por el alimento perecedero,
sino por el alimento que permanece para vida eterna,
el que os dará el Hijo del hombre,
porque a éste es a quien el Padre, Dios,
ha marcado con su sello.» Ellos le dijeron: «¿Qué hemos de hacer para obrar las obras de Dios?» Jesús les respondió: «La obra de Dios es que creáis en quien él ha enviado.»

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Hijo del hombre,
ha venido a servir,
quien quiera ser grande
se haga siervo de todos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Después de la multiplicación de los panes, la multitud, que se había quedado en la otra orilla del mar, viendo que ya no estaban con ellos ni Jesús ni los discípulos, subió a bordo de otras barcas venidas desde Tiberíades -situada cerca del lugar donde habían comido el pan milagrosamente multiplicado- y se dirigió a Cafarnaún para buscar a Jesús. Lo encontraron "a la orilla del mar". Jesús no estaba donde ellos lo buscaban; no era el "rey" que ellos deseaban para satisfacer sus aspiraciones, por legítimas y muy comprensibles que éstas fueran. Ya el profeta Isaías refería las palabras del Señor a su pueblo: "No son mis pensamientos vuestros pensamientos, ni vuestros caminos son mis caminos" (55, 8). La búsqueda del Señor requiere ir más allá de uno mismo y de las propias costumbres, incluso las religiosas. En este caso la multitud debía ir más allá, mucho más allá -verdaderamente "a la otra orilla del mar"- en cuanto a su forma de pensar. No había comprendido el sentido profundo de la multiplicación de los panes. De hecho, cuando le preguntan a Jesús, resentidos como si les hubiese abandonado: "¿Cuándo has llegado aquí?", Jesús responde desenmascarando su egoísmo: "Vosotros me buscáis, no porque habéis visto signos, sino porque habéis comido de los panes y os habéis saciado". No habían comprendido el significado el "signo", es decir, el significado de aquel milagro, y se lo explica con la afirmación siguiente: "Obrad, no por el alimento perecedero, sino por el alimento que permanece para vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre". En otras palabras: "superad el angosto horizonte de vuestra propia saciedad y buscad el alimento que no perece". El alimento que no perece y que sacia para siempre, porque no sólo desvela el sentido de la vida sino que además lo dona, es la fe en él. La fe en Jesús, es decir, la implicación personal en su seguimiento, es el don que recibimos de lo alto. Acoger este don con todo el corazón es la "obra" del creyente. Nadie puede delegar en otro esta "obra". Convertirse en discípulos de Jesús significa dejar que el Evangelio moldee nuestra vida, nuestra mente y nuestro corazón, hasta convertirnos en hombres y mujeres espirituales. Mientras escuchamos la Palabra de Dios y nos comprometemos en seguirla vemos que nuestros ojos se agudizan y Jesús se nos presenta como el verdadero pan bajado del cielo que nos alimenta y nos sostiene en la vida.


19/04/2010
Memoria de los pobres


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