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Iglesia de San Egidio - Roma

Memoria de Floribert Bwana Chui, joven congolés, asesinado por unos desconocidos en Goma por oponerse a un intento de corrupción.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Yo soy el buen pastor,
mis ovejas escuchan mi voz
y devendrán
un solo rebaño y un solo redil.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Judit 2,14-28

En saliendo Holofernes de la presencia de su señor, convocó a todos los príncipes, jefes y capitanes del ejército asirio, y eligió a los hombres más selectos para la guerra, como lo había ordenado su señor: unos 120.000 hombres, más 12.000 arqueros a caballo, y los puso en orden de combate, como se ordena una multitud para la batalla. Tomó una gran cantidad de camellos, asnos y mulas para el bagage e incontable número de ovejas, bueyes y cabras para el avituallamiento; provisiones abundantes para cada hombre y muchísimo oro y plata de la casa real. Se puso luego Holofernes en camino con todo su ejército para preceder al rey Nabucodonosor y para cubrir toda la superficie de la tierra de occidente con sus carros, sus caballos y sus mejores infantes. Se les agregó una multitud tan numerosa como la langosta y como la arena de la tierra, que les seguía en tan gran número que no se podía calcular. Se alejaron de Nínive tres jornadas de camino hasta la llanura de Bektilez, y acamparon junto a Bektilez, cerca del monte que está a la izquierda de la Cilicia superior. Tomó todo su ejército, infantes, jinetes y carros, y partió de allí hacia la montaña. Desbarató a Put y Lud, devastó a todos los hijos de Rassis y a los hijos de Ismael que están al borde del desierto, al sur de Jeleón, atravesó el Eufrates, recorrió Mesopotamia, arrasó todas las ciudades altas que dominan el torrente Abroná y llegó hasta el mar. Se apoderó del territorio de Cilicia y, derrotando a cuantos se le oponían, alcanzó la frontera de Jafet por el sur, frente a Arabia. Cercó a todos los madianitas, incendió sus tiendas y saqueó sus aduares; descendió hacia la llanura de Damasco, al tiempo de la siega del trigo, incendió todos sus cultivos, exterminó sus rebaños de ovejas y bueyes, saqueó sus ciudades, devastó sus campos y pasó a cuchillo a todos sus jóvenes. Temor y espanto de él cayó sobre todos los habitantes del litoral. Los de Sidón y Tiro, los habitantes de Sur y Okina, los de Yamnia, Azoto y Ascalón temblaron ante él.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Les doy un mandamiento nuevo:
que se amen los unos a los otros.

Aleluya, aleluya, aleluya.

El rey Nabucodonosor confía su plan de dominio universal a Holofernes, su general. Este organiza un ejército de extraordinaria potencia. Nabucodonosor ya había conquistado Oriente con la victoria de Ecbátana, cuando asesinó en Ragua al rey Arfaxad. Ahora quiere llevar su campaña a Occidente para someterlo a su poder. Al describir dicha extraordinaria potencia militar, el autor subraya también la abundancia del avituallamiento y la concurrencia de "una multitud tan numerosa como la langosta y como la arena de la tierra". Es fácil ver en esta descripción la potencia de la que dispone el príncipe del mal que quiere conquistar el mundo entero. En el libro de Judit, efectivamente, encontramos la descripción de la lucha definitiva entre el poder de Dios y el poder del diablo. Y aquí vemos que el mal sabe encontrar aliados, siervos para combatir en su lucha por la conquista de los corazones. Holofernes parte hacia la conquista de Occidente, avanza sin obstáculos, exterminando y devastando no sólo personas y bienes, sino también las conciencias de los pueblos que encuentra. Todo parece llevar a la victoria final. Pero justo en el momento en el que parece que el mal vence definitivamente, Dios derrota al enemigo a través de la debilidad de una mujer, Judit. El mal parece encarnizarse contra los pueblos sin resistencia alguna porque aleja los corazones del bien y los esclaviza y somete al mal y a la violencia. No se trata de un poder siempre personificado y claro. Es cierto que han existido regímenes totalitarios que han aplastado a hombres y mujeres, pero hoy se insinúa otro poder, un poder sutil, como la mentalidad materialista, que no tiene un rostro concreto pero avanza inexorable hacia la conquista de los corazones y de las mentalidades. En estos primeros capítulos, el libro de Judit parece dejar campo libre al poder del mal. Pero cuando el mal parece haberlo dominado todo, precisamente entonces llega su fin; cuando ejerce al máximo su poder se encuentra acabado en su violencia y ve menguar su fuerza. Dios no ha abandonado a los hombres al dominio del mal. Él continúa estando presente para guiar la historia. Las Escrituras nos dicen que Él está presente en la humildad, en la debilidad; eso es lo que muestra de manera magnífica el libro de Judit. Se puede decir que permite que el mal se revele en toda su fuerza para poderlo derrotar de raíz. Ese es el misterio que se revela en Jesucristo: cuando parece haber derrotado definitivamente a Dios en su Hijo, el mal es derrotado de manera definitiva. Ver cómo avanza la destrucción, obviamente, no puede no hacernos reflexionar, pero al mismo tiempo requiere de los creyentes ante todo la confianza en Dios y en su fuerza.


08/07/2010
Memoria de la Iglesia


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