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La oración cada día


 
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Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Este es el Evangelio de los pobres,
la liberación de los prisioneros,
la vista de los ciegos,
la libertad de los oprimidos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Judit 4,9-15

Todos los hombres de Israel clamaron a Dios con gran fervor, y con gran fervor se humillaron; y ellos, sus mujeres, sus hijos y sus ganados, los forasteros residentes, los jornaleros y los esclavos, se ciñeron de sayal. Todos los hombres, mujeres y niños de Israel que habitaban en Jerusalén se postraron ante el Templo, cubrieron de ceniza sus cabezas y extendieron las manos ante el Señor. Cubrieron el altar de saco y clamaron insistentemente, todos a una, al Dios de Israel, para que no entregase sus hijos al saqueo, sus mujeres al pillaje, las ciudades de su herencia a la destrucción y las cosas santas a la profanación y al ludibrio, para mofa de los gentiles. El Señor oyó su voz y vio su angustia. El pueblo ayunó largos días en toda Judea y en Jerusalén, ante el santuario del Señor Omnipotente. El sumo sacerdote Yoyaquim y todos los que estaban delante del Señor, sacerdotes y ministros del Señor, ceñidos de sayal, ofrecían el holocausto perpetuo, las oraciones y las ofrendas voluntarias del pueblo, y con la tiara cubierta de ceniza clamaban al Señor con todas sus fuerzas para que velara benignamente por toda la casa de Israel.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Hijo del hombre,
ha venido a servir,
quien quiera ser grande
se haga siervo de todos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Judá se prepara para el enfrentamiento, pero el pueblo de Dios sabe que su verdadera arma para la batalla es la oración. En todo el libro no se habla de un ejército de judíos que se enfrenta al ejército de Holofernes. Sólo después del asesinato de este general, cuando todo el pueblo se lanza contra el ejército enemigo, sólo entonces algunos hombres llevan a cabo acciones de guerra asesinando y cometiendo masacres entre los enemigos. La única arma para el combate es la oración y la penitencia. El judaísmo, incluso antes que el cristianismo, conoce la eficacia de la oración, es el único acto que tiene poder sobre el corazón de Dios. Por otra parte, Israel no habría podido hacer nada contra Holofernes: aquel pequeño ejército era totalmente insuficiente. Pero Dios no había dado al judaísmo, ni da ahora a la Iglesia, medios humanos para hacer frente al poder del mundo; en lugar de eso, ha dado a los creyentes el poder de la oración que llega al corazón mismo de Dios. No es un poder sobre las cosas o sobre los hombres, no es la riqueza, ni la fuerza, ni alianzas militares. Cualquier otro poder podría comprometer la pureza de la fe que Israel debe tener en Dios, y podría tal vez implicar una complicidad con los poderes del mundo. Israel vence cuando confía únicamente en Dios, cuando confía plenamente en Él. También Jesús se abandona a la voluntad del Padre, a la oración que lleva a cabo su misión de salvación, en Getsemaní y luego en la cruz. Él se dirige al Padre para seguir plenamente su voluntad y reza por aquellos que lo crucifican. Toda la vida cristiana es unión a Dios y a Cristo para luchar contra el mal y llevar la creación a su cumplimiento en el "cielo nuevo y la tierra nueva" de los que habla el Apocalipsis. Frente al rey que quiere derrotar a Judá, el sumo sacerdote, los sacerdotes, el pueblo de Dios, todos se visten de saco y extienden sus manos suplicando al cielo. Incluso los ganados se cubren con saco, como en el libro de Jonás, cuando el rey de Nínive ordena que hasta las ovejas y los bueyes ayunen y se vistan con sacos (cfr. Jonás 3, 7 s). La oración común sube a Dios como la súplica de todos, de toda la comunidad, incluidas las mujeres y los niños. Esta oración llega al corazón de Dios. Es la única condición para derrotar al mal. Dios llevará a cabo la salvación, tal vez mediante una sola mujer, como sucede con Judit. Los hombres esperan el auxilio de Dios, pero continúa la amenaza del enemigo, que intensifica el asedio. El pueblo, sitiado en la ciudad, ya muere de hambre. Pero entonces Dios, cuando parece desvanecerse toda esperanza humana, interviene para salvarlo. No es el sumo sacerdote, ni Ozías, ni el líder de la ciudad, sino una pobre viuda, la que derrocará a Holofernes.


12/07/2010
Memoria de los pobres


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