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La oración cada día


 
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Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Espíritu del Señor está sobre ti,
el que nacerá de ti será santo.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Apocalipsis 3,14-22

Al Ángel de la Iglesia de Laodicea escribe: Así habla el Amén, el Testigo fiel y veraz, el Principio de la creación de Dios. Conozco tu conducta: no eres ni frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Ahora bien, puesto que eres tibio, y no frío ni caliente, voy a vomitarte de mi boca. Tú dices: «Soy rico; me he enriquecido; nada me falta». Y no te das cuenta de que eres un desgraciado, digno de compasión, pobre, ciego y desnudo. Te aconsejo que me compres oro acrisolado al fuego para que te enriquezcas, vestidos blancos para que te cubras, y no quede al descubierto la vergüenza de tu desnudez, y un colirio para que te des en los ojos y recobres la vista. Yo a los que amo, los reprendo y corrijo. Sé, pues, ferviente y arrepiéntete. Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo. Al vencedor le concederé sentarse conmigo en mi trono, como yo también vencí y me senté con mi Padre en su trono. El que tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las Iglesias.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

He aquí Señor, a tus siervos:
hágase en nosotros según tu Palabra.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Es la última de las siete cartas y, de algún modo, las recapitula todas. Laodicea era una ciudad muy rica, llena de bancos y de centros comerciales. La ciudad estaba en la ruta del comercio con los países de Oriente, y vivía en el lujo y en una actitud relajada y egocéntrica. La comunidad cristiana, que se había dejado contaminar por aquel clima, recibe un feroz ataque de Jesús, "testigo fiel y veraz" y "Principio de la creación". También hoy nos encontramos en una sociedad profundamente secularizada; algunos hablan de "un mundo que ha salido de Dios". Y en efecto, en la civilización del bienestar, no es que se combata a Dios sino que más bien a menudo se le ignora. Es cierto, por otra parte, que existe un renacimiento de las religiones. Pero eso no impide que la vida de cada día se organice sin tener en cuenta ni el Evangelio ni a Dios. Si hay un denominador común que afecta de manera transversal a todos los pueblos es el crecimiento desenfrenado del egoísmo y de la consiguiente violencia que invade todos los ámbitos. Las comunidades cristianas, cerradas en sí mismas y subyugadas por el clima egocéntrico del mundo, corren el riesgo de dejarse atrapar por un clima mundano sin sueños ni esperanzas. Esta acomodación al mundo las priva de aquel aspecto paradójico y de aquella alteridad que caracterizan al Evangelio y que deben manifestar tal como subraya la carta a Diogneto. No podemos estar en el mundo arriesgándonos a ser como el mundo. Si no molesta, si no inquieta, si no interroga, no sólo no se opone al mal, sino que se deja arrastrar hacia la banalidad y la ineficacia. En definitiva, no es ni fría ni caliente. El Evangelio exige un crecimiento en el amor, en la compasión, en la solidaridad. El mismo Jesús continúa haciéndose todavía hoy mendicante de amor y nos dice a cada uno de nosotros: "Mira que estoy a la puerta y llamo". Son los pobres y los débiles; personas concretas y países enteros; todos llaman a nuestras puertas. Dichosas aquellas comunidades, dichosos aquellos cristianos, que abren y los acogen: ellos reciben a Jesús y, cenando con ellos, cenan con el mismo Jesús. Pero la verdad de la escena es su contrario: no somos nosotros, los que acogemos a Jesús, sino que es Él, quien nos acoge en los pobres y en los débiles, y nos coloca en su mismo trono, el trono del amor. Con estos gestos el reino de Dios empieza su camino en la tierra, como se repite a menudo en los Evangelios.


12/10/2010
Memoria de la Madre del Señor


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