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La oración cada día


 
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Icono del Santo Rostro
Iglesia de San Egidio - Roma

Recuerdo de María Salomé, madre de Santiago y de Juan, que siguió al Señor hasta los pies de la cruz y lo colocó en el sepulcro.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Este es el Evangelio de los pobres,
la liberación de los prisioneros,
la vista de los ciegos,
la libertad de los oprimidos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Apocalipsis 8,1-5

Cuando el Cordero abrió el séptimo sello, se hizo silencio en el cielo, como una media hora... Vi entonces a los siete Ángeles que están en pie delante de Dios; les fueron entregadas siete trompetas. Otro Ángel vino y se puso junto al altar con un badil de oro. Se le dieron muchos perfumes para que, con las oraciones de todos los santos, los ofreciera sobre el altar de oro colocado delante del trono. Y por mano del Ángel subió delante de Dios la humareda de los perfumes con las oraciones de los santos. Y el Ángel tomó el badil y lo llenó con brasas del altar y las arrojó sobre la tierra. Entonces hubo truenos, fragor, relámpagos y temblor de tierra.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Hijo del hombre,
ha venido a servir,
quien quiera ser grande
se haga siervo de todos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Después de las tres visiones que han acompañado la apertura del sexto sello, se abre también el séptimo. En el cielo se hace un gran silencio (media hora): es el silencio ante la manifestación de Dios. El profeta Sofonías lo escribía con las siguientes palabras: "¡Silencio ante el Señor, que está cerca el Día del Señor! El Señor ha preparado un sacrificio, ha consagrado a sus invitados" (1, 7). Ante Dios debe callar el clamor del orgullo, el alboroto del egocentrismo, el ruido de la banalidad y de la superficialidad. Aunque también es exterior, se trata de un silencio interior: el silencio del corazón y de la mente, para escuchar a Dios que habla. De hecho, durante este silencio se entregan a los siete ángeles siete trompetas. La escena parece interrumpirse, pero no hay que abandonar la espera por la escucha. Un ángel se acerca al altar del cielo como si cumpliera el rito del sacrificio vespertino; con un carbón ardiente extraído del altar el sacerdote prende fuego a un puñado de incienso: el humo sube hacia las alturas. Es la imagen visible de la oración del creyente que sube hacia las alturas hasta llegar a Dios. El salmista cantaba: "Que mi oración sea como incienso para ti, mis manos alzadas, como ofrenda de la tarde" (Sal 141, 2). En ese incienso que sube hacia las alturas están todas las oraciones de los creyentes, junto a los gritos y a las invocaciones de los pobres y de los débiles, de los que están solos y desesperados: todas suben hacia el cielo de Dios. Son oraciones incesantes para que Dios intervenga y cambie la historia de violencia que continúa haciendo tambalear al mundo y amargando la vida de mucha gente. El ángel, con un gesto inesperado, arroja el badil del sacrificio, lleno de fuego que todo lo consume, al suelo. El silencio y la alabanza son sustituidos por una coreografía de "truenos, fragor, relámpagos y temblor de tierra". La oración llega al altar del cielo y el Señor interviene contra el mal. Pero no surte ningún efecto. No obstante, es el arma más fuerte que tienen los creyentes para luchar contra el mal y cambiar el curso triste de la historia humana. Aquel fuego que se abate es el juicio de Dios que quema el mal, pero también es luz para los justos que asisten a la irrupción divina en el mundo.


22/10/2010
Memoria de Jesús crucificado


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