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La oración cada día


 
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Icono del Santo Rostro
Iglesia de San Egidio - Roma

Memoria de la dedicación de la basílica de Santa Maria in Trastevere. En esta iglesia reza cada tarde la Comunidad de Sant’Egidio.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Este es el Evangelio de los pobres,
la liberación de los prisioneros,
la vista de los ciegos,
la libertad de los oprimidos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Apocalipsis 17,1-7

Entonces vino uno de los siete Ángeles que llevaban las siete copas y me habló: «Ven, que te voy a mostrar el juicio de la célebre Ramera, que se sienta sobre grandes aguas, con ella fornicaron los reyes de la tierra, y los habitantes de la tierra se embriagaron con el vino de su prostitución.» Me trasladó en espíritu al desierto. Y vi una mujer, sentada sobre una Bestia de color escarlata, cubierta de títulos blasfemos; la Bestia tenía siete cabezas y diez cuernos. La mujer estaba vestida de púrpura y escarlata, resplandecía de oro, piedras preciosas y perlas; llevaba en su mano una copa de oro llena de abominaciones, y también las impurezas de su prostitución, y en su frente un nombre escrito - un misterio -: «La Gran Babilonia, la madre de las rameras y de las abominaciones de la tierra.» Y vi que la mujer se embriagaba con la sangre de los santos y con la sangre de los mártires de Jesús. Y me asombré grandemente al verla; pero el Ángel me dijo: «¿Por qué te asombras? Voy a explicarte el misterio de la mujer y de la Bestia que la lleva, la que tiene siete cabezas y diez cuernos.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Hijo del hombre,
ha venido a servir,
quien quiera ser grande
se haga siervo de todos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Apocalipsis se encamina ahora hacia su culminación: la descripción del juicio divino sobre el Mal, encarnado en una mujer-metrópolis-prostituta, llamada Babilonia, que será sustituida por la representación de la salvación de los justos en la ciudad-esposa, la Jerusalén celestial. Uno de los ángeles lleva al apóstol al desierto y le muestra la "célebre prostituta". El apóstol ve en Babilonia a la Roma imperial que persigue a los cristianos. Los profetas bíblicos solían designar con el término "prostituta" a la idolatría que se instauraba en las ciudades grandes y poderosas, como Tiro, Nínive o Babilonia. La prostituta es "la gran Babilonia, la madre de las prostitutas y de las abominaciones de la tierra". El nombre, una especie de marca satánica opuesta al sello divino, es "un misterio" no porque sea indescifrable sino porque pertenece al "misterio" del juicio divino, a su trascendente presencia en la historia. Babilonia representa a las ciudades en las que todavía hoy los cristianos son perseguidos y los pobres y débiles son oprimidos. Hay muchas ciudades contemporáneas que, vendiéndose a los intereses y al poder de pocos, olvidan su deber de justicia y de misericordia hacia todos, especialmente hacia los más débiles. Y nadie, ni la Iglesia ni ninguna otra institución, puede hoy desatender la responsabilidad hacia todos ellos. Por desgracia, a diferencia del apóstol Juan que se sorprende del poder que todavía tiene el mal, hoy corremos el riesgo de cerrarnos en nosotros mismos, en nuestro pequeño mundo y resignarnos frente al trágico dominio del Mal. La Prostituta está sentada sobre la Bestia satánica con siete cabezas y diez cuernos y está cubierta de títulos blasfemos para mostrar el íntimo vínculo entre ambas. La primera es fuerte por la fuerza del mal: está vestida de púrpura y escarlata imperial y está ataviada con joyas como el príncipe arrogante de Tiro descrito por Ezequiel (28, 13) y como Babilonia que, según las palabras de Jeremías (51, 7), sostiene el cáliz que contiene los desechos de sus abominaciones idólatras que hace engullir a sus seguidores drogándoles. El mal se presenta en toda su fuerza maligna y al mismo tiempo atractiva, pues es capaz de concentrar el poder (la púrpura), la riqueza (el oro) y el lujo junto al placer (piedras preciosas y perlas), grandes fuerzas seductoras. Juan quiere inquietar al lector para que no se duerma en su pereza y resignación y se acuerde de que el Señor ayuda a su pueblo. La Prostituta, de hecho, después de haber embriagado a sus adeptos, se embriaga también ella. Pero lo que la embriaga, el vino que le ofusca la mente, es la sangre de los mártires cristianos. Al ver esta conclusión Juan se asombra enormemente. Por una parte descubre la potencia del mal y de su arrogancia descarada, pero por otra parte siente la tranquilidad que le da el ángel, aquella ayuda que el Señor no deja de dar nunca a los creyentes de ayer y de hoy, incluso en el dramático "misterio" del mal: el Señor sigue siendo el salvador de sus hijos.


15/11/2010
Memoria de los pobres


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