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La oración cada día


 
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Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Yo soy el buen pastor,
mis ovejas escuchan mi voz
y devendrán
un solo rebaño y un solo redil.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Mateo 11,11-15

«En verdad os digo que no ha surgido entre los nacidos de mujer uno mayor que Juan el Bautista; sin embargo, el más pequeño en el Reino de los Cielos es mayor que él. Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el Reino de los Cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan. Pues todos los profetas, lo mismo que la Ley, hasta Juan profetizaron. Y, si queréis admitirlo, él es Elías, el que iba a venir. El que tenga oídos, que oiga.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Les doy un mandamiento nuevo:
que se amen los unos a los otros.

Aleluya, aleluya, aleluya.

En este tiempo de Adviento, la Iglesia nos presenta en varias ocasiones a Juan Bautista como quien prepara el camino al Señor. De nadie ha hablado tan ampliamente Jesús como del Bautista. En los versículos que preceden a este pasaje, Jesús lo presenta como el profeta que sabe esperar al Señor, y hace de él un ejemplo para los creyentes. En efecto, con una vida austera, el Bautista se ha preparado ante todo a sí mismo para el encuentro con Dios: no se ha atrincherado detrás de un orgullo fácil o de una autosuficiencia evidente. Se podría decir que se ha violentado a sí mismo para hacer crecer en su corazón al hombre religioso que sabe esperar al enviado de Dios. Se ha convertido en un hombre espiritual, con una fuerte interioridad. Y esto ha requerido una lucha contra sí mismo, hecha de disciplina, de compromiso, de perseverancia en la oración, de distanciamiento de las riquezas, de obediencia al Señor, de unión del propio corazón con Dios. Un proceso de esta "violencia" contra uno mismo es lo que edifica al hombre interior. Juan, que se ha forjado con esta disciplina interior, ha sido capaz de reconocer a Jesús en cuanto lo ve en el Jordán mientras se acerca a él. Y después, con su predicación, ha tratado de abrir un camino en el corazón de los hombres de su generación para que reconocieran y acogieran al Mesías ya presente. Por esto Jesús puede decir de él que es el mayor "entre los nacidos de mujer", un hermano único que se nos ha enviado para que preparemos nuestro corazón para acoger a Jesús como el Salvador Jesús. Además, diciendo que el más pequeño en el reino es mayor que Juan, quiere exhortar a los discípulos a que descubran la grandeza de la vocación que les ha sido donada y que tantas veces pisoteamos con pereza y tacañería. El Señor ha depositado en sus discípulos una confianza extraordinaria hasta el punto de decirles: "el que crea en mí, hará él también las obras que yo hago, y hará mayores aún" (Jn 14, 12). ¿Qué hacemos con esta confianza que el Señor ha depositado en cada uno de nosotros? Es una pregunta que estamos llamados a ponernos mientras nos acercamos a la Navidad.


09/12/2010
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