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Iglesia de San Egidio - Roma

Recuerdo de san Juan, apóstol y evangelista: "el discípulo a quien Jesús amaba" y que bajo la cruz tomó consigo a María como su madre.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Gloria a Dios en las alturas, y paz en la tierra
a los hombres de buena voluntad.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Juan 20,2-8

Echa a correr y llega donde Simón Pedro y donde el otro discípulo a quien Jesús quería y les dice: «Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto.» Salieron Pedro y el otro discípulo, y se encaminaron al sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió por delante más rápido que Pedro, y llegó primero al sepulcro. Se inclinó y vio las vendas en el suelo; pero no entró. Llega también Simón Pedro siguiéndole, entra en el sepulcro y ve las vendas en el suelo, y el sudario que cubrió su cabeza, no junto a las vendas, sino plegado en un lugar aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado el primero al sepulcro; vio y creyó,

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Aleluya, aleluya, aleluya.
Aleluya, aleluya, aleluya.
Aleluya, aleluya, aleluya.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Juan es uno de los primeros cuatro discípulos llamados por Jesús. Junto a su hermano Santiago estaba reparando las redes en la barca cuando pasó el Señor, que le llamó de inmediato. Desde aquel momento se convirtió en discípulo. La tradición lo señala como "el discípulo a quien Jesús amaba". En efecto, durante la última cena, reclinó su cabeza sobre el pecho de Jesús, y junto a Pedro y Santiago, lo acompañó al huerto de los Olivos durante la agonía. Pero al igual que los demás discípulos, también huyó dejando a Jesús solo, aunque más tarde volvió sobre sus pasos y llegó hasta la cruz donde acogió la invitación de tomar consigo a María. El Evangelio nos lo presenta la mañana del día de Pascua, mientras corría con Pedro hacia el sepulcro. Al ser más joven que Pedro llegó antes, vio las vendas por el suelo, pero no entró. Esperó a Pedro. Los Padres comentan que el amor corre más deprisa y llega antes. Sin embargo, Juan sabe esperar a que llegue el otro hermano para entrar juntos en la tumba. En cuanto entró, "vio y creyó", señala el evangelista. Comprendió que no lo habían robado (vista la presencia de las vendas). Y creyó. Su testimonio, recogido en el cuarto Evangelio y en las Cartas, se centra completamente en la predicación del amor de Dios y de los hermanos entendido como el corazón del mensaje del Maestro. Se cuenta que, bien entrado ya en años, Juan era llevado en una silla a la asamblea de los cristianos y repetía siempre el mandamiento del amor. Y cuando le preguntaban por qué seguía repitiéndolo, decía: "¡Porque es el mandamiento del Señor! Si se practica, con eso basta".


27/12/2010
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