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La oración cada día


 
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Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Gloria a ti, oh Señor, sea gloria a ti

Yo soy el buen pastor,
mis ovejas escuchan mi voz
y devendrán
un solo rebaño y un solo redil.

Gloria a ti, oh Señor, sea gloria a ti

Lucas 9,22-25

Dijo: «El Hijo del hombre debe sufrir mucho, y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar al tercer día.» Decía a todos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, ése la salvará. Pues, ¿de qué le sirve al hombre haber ganado el mundo entero, si él mismo se pierde o se arruina?

 

Gloria a ti, oh Señor, sea gloria a ti

Les doy un mandamiento nuevo:
que se amen los unos a los otros.

Gloria a ti, oh Señor, sea gloria a ti

El episodio del Evangelio de Lucas, junto al del Deuteronomio (30, 15-20), nos sitúan en el camino de este tiempo cuaresmal. El pasaje del Deuteronomio, que nos refiere una parte del tercer discurso de Moisés al pueblo de Israel, pone delante nuestros dos caminos, el del bien y el del mal. El Señor tiene un gran respeto por nuestra libertad: no nos obliga al bien, nos lo propone porque el bien puede ser solo fruto del amor. Nos dice: "Yo pongo hoy delante de ti la vida y el bien, la muerte y el mal". Sí, la vida consiste en amar, mientras que la muerte en seguir el mal. De hecho advierte a los que se alejen de Dios y de sus mandamientos: "Yo os declaro hoy que pereceréis sin remedio". En este tiempo es bueno reflexionar sobre esta responsabilidad que cada uno de nosotros tiene ante sí: elegir la senda del bien o la del mal. También Jesús vuelve sobre este tema en el pasaje evangélico que hemos escuchado, y dice: "Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, ese la salvará". De forma natural todos nosotros tratamos de pensar en nosotros mismos, de salvarnos de toda dificultad, de todo problema o angustia, y sobre todo pensamos en afirmarnos a nosotros mismos. Es el instinto malvado del amor por uno mismo, arraigado en el corazón de todo hombre. Ese instinto, que nos empuja a pensar solo en nosotros mismos, viene acompañado del desinterés por los demás, y a menudo incluso de la hostilidad hacia ellos, sobre todo cuando les percibimos como posibles enemigos. Jesús advierte: "¿De qué le sirve al hombre haber ganado el mundo entero, si él mismo se pierde o se arruina?" La sed de ganancias a cualquier precio parece una fiebre que no nos abandona nunca, una fiebre continua que nos lleva a la ruina. ¡Cuántas vidas son sacrificadas en el altar de los beneficios! ¡Cuántas familias, cuántas relaciones se consumen para dar la primacía a las ganancias! Sin embargo Jesús enseña otro camino, y no con las palabras sino con el ejemplo: él se dirige a Jerusalén para salvarnos, para amarnos, a pesar de que esta elección conlleva también el sufrimiento y la muerte. Pero "al tercer día" resucitará a una vida nueva y plena. Jesús no es un Mesías poderoso y fuerte como querrían los hombres; él ha venido para dar su vida en rescate por todos. Su fuerza no es la de los hombres sino la del amor que no conoce límites, ni siquiera el límite del amor a sí mismo. Y dirigiéndose a todos los que lo siguen explica cuáles son las exigencias del seguimiento del Evangelio: alejarse del propio egoísmo, renunciar al amor solo por uno mismo, abandonar las costumbres egocéntricas de siempre y asumir el estilo de vida de Jesús, es decir, no vivir ya para sí mismo sino para el Señor y para los demás. Este es el sentido de la exhortación: "negarse a sí mismo y tomar la propia cruz". Es el camino de los verdaderos beneficios: quien quiere conservar su vida, es decir, sus propias costumbres y tradiciones egocéntricas, la perderá. La salvación no consiste en tener muchas cosas sino en tener un corazón grande y en apasionarse por el Evangelio.


10/03/2011
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