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La oración cada día


 
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Iglesia de San Egidio - Roma

Recuerdo de José de Arimatea, discípulo del Señor que "esperaba el reino de Dios"


Lectura de la Palabra de Dios

Gloria a ti, oh Señor, sea gloria a ti

Yo soy el buen pastor,
mis ovejas escuchan mi voz
y devendrán
un solo rebaño y un solo redil.

Gloria a ti, oh Señor, sea gloria a ti

Mateo 7,7-12

«Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide recibe; el que busca, halla; y al llama, se le abrirá. ¿O hay acaso alguno entre vosotros que al hijo que le pide pan le dé una piedra; o si le pide un pez, le dé una culebra? Si, pues, vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que se las pidan! «Por tanto, todo cuanto queráis que os hagan los hombres, hacédselo también vosotros a ellos; porque ésta es la Ley y los Profetas.

 

Gloria a ti, oh Señor, sea gloria a ti

Les doy un mandamiento nuevo:
que se amen los unos a los otros.

Gloria a ti, oh Señor, sea gloria a ti

Jesús, tras habernos regalado el "Padre nuestro", vuelve a insistir sobre la eficacia de la oración, y lo hace de forma muy clara: "Pedid y se os dará". Jesús sabe bien que es fácil dejarse desviar por la duda y la incertidumbre, y nos exhorta a no dudar del Señor y de su amor. Somos sus hijos y Él está atento como un padre a nuestra oración. Para hacernos comprender bien esta enseñanza la ejemplifica con una imagen fácilmente comprensible: ¿puede un padre permanecer sordo a la llamada de sus hijos? Pero viendo quizá la mirada todavía incrédula de los discípulos, Jesús sigue insistiendo para alejar toda incertidumbre: "Todo el que pide recibe; el que busca, halla". Esta convicción -es importante señalarlo- no se basa en la calidad de nuestra oración (por supuesto necesaria) sino en la bondad y la misericordia sin límites de Dios. Jesús continúa presentando a Dios como un padre cariñoso que obviamente no puede hacer otra cosa que dar cosas buenas a sus hijos. Señala que, si los padres de la tierra no dan piedras en lugar de panes, ¡cuánto más el Padre celestial -verdaderamente bueno- cuidará y protegerá a sus hijos! El pasaje evangélico se cierra con una norma -llamada la "regla de oro"- presente también en otras tradiciones religiosas: "Todo cuanto queráis que os hagan los hombres, hacédselo también vosotros a ellos". Estas palabras, vividas en primera persona por Jesús, adquieren la novedad de un amor que no conoce límites: él nos ha donado su amor sin exigir nada a cambio por parte nuestra. Es la regla de oro de la vida de cada día.


17/03/2011
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