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Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Espíritu del Señor está sobre ti,
el que nacerá de ti será santo.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Mateo 12,46-50

Todavía estaba hablando a la muchedumbre, cuando su madre y sus hermanos se presentaron fuera y trataban de hablar con él. Alguien le dijo: «¡Oye! ahí fuera están tu madre y tus hermanos que desean hablarte.» Pero él respondió al que se lo decía: «¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?» Y, extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: «Estos son mi madre y mis hermanos. Pues todo el que cumpla la voluntad de mi Padre celestial, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre.»

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

He aquí Señor, a tus siervos:
hágase en nosotros según tu Palabra.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Es un episodio que narran todos los sinópticos, a pesar de los problemas que parece suscitar. Jesús está hablando a la gente, cuando su madre y sus hermanos llegan e intentan abrirse camino hasta él. La gente que lo rodea impide que sus parientes se le acerquen. El evangelista indica que los parientes están "fuera", es decir, no están entre aquellos que lo escuchan. Se trata de una indicación que no es tanto espacial, cuanto de disponibilidad a escuchar. Eso es lo que le sucede a quien se siente tan "pariente" de Jesús, es decir, miembro de la institución, que no siente la necesidad de escuchar la Palabra de Dios, no necesita ser ayudado. A quienes dicen a Jesús que fuera están su madre y sus hermanos que le esperan, él les contesta de manera sorprendente. Dice que su madre y sus parientes son aquellos que lo escuchan, es decir, los que están "dentro" para escuchar la predicación del Evangelio. Para un mundo, como el judío, que consideraba las relaciones de sangre como un factor determinante para la pertenencia religiosa, este desprecio de los familiares resultaba realmente desconcertante. Jesús, en realidad, quería indicar claramente su nueva familia, que es la formada por sus discípulos, por aquellos que lo siguen, aquellos que tienen confianza en él. El vínculo de la sangre y del clan, el vínculo de nación o de patria, los vínculos de cultura o de raza, no son en absoluto decisivos para el Reino de Dios. Al contrario, a veces son ocasión de cerrazón y de no abrirse a los demás. Esas relaciones, por profundas que puedan ser, son atravesadas por la Palabra de Dios, que las corta y las purifica para que no sean ocasión de cerrarse y de luchar, sino que sean fraternas. La Palabra de Dios purifica las relaciones "naturales" y crea otras nuevas a través de la obra del Espíritu infundido en nuestro corazón. Escuchando la Palabra de Dios nace una nueva familia, mucho más grande y firme que la natural. Los vínculos no se basan en nosotros sino en la Palabra de Dios. La comunidad cristiana, para los que están solos, para los pobres, los abandonados, los afligidos, los perseguidos, es a menudo la única familia que los acoge y los protege, y es llamada a ser ejemplo de vida fraterna para todos.


19/07/2011
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