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La oración cada día


 
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Icono del Santo Rostro
Iglesia de San Egidio - Roma

Recuerdo del profeta Elías, que fue elevado al cielo y dejó su manto a Eliseo.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ustedes son una estirpe elegida,
un sacerdocio real, nación santa,
pueblo adquirido por Dios
para proclamar sus maravillas.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Mateo 13,1-9

Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó a orillas del mar. Y se reunió tanta gente junto a él, que hubo de subir a sentarse en una barca, y toda la gente quedaba en la ribera. Y les habló muchas cosas en parábolas. Decía: «Una vez salió un sembrador a sembrar. Y al sembrar, unas semillas cayeron a lo largo del camino; vinieron las aves y se las comieron. Otras cayeron en pedregal, donde no tenían mucha tierra, y brotaron enseguida por no tener hondura de tierra; pero en cuanto salió el sol se agostaron y, por no tener raíz, se secaron. Otras cayeron entre abrojos; crecieron los abrojos y las ahogaron. Otras cayeron en tierra buena y dieron fruto, una ciento, otra sesenta, otra treinta. El que tenga oídos, que oiga.»

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ustedes serán santos
porque yo soy santo, dice el Señor.

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Evangelio nos presenta a Jesús en el mar de Galilea, obligado a subir a una barca a causa de la numerosísima muchedumbre que se había reunido a su alrededor. Narra una parábola importante y la explica él mismo, algo raro en los Evangelios. El sentido de fondo de la parábola está claro: hay que vivir escuchando el Evangelio y no la presunción de cada uno. Solo hay que hojear cualquier diccionario bíblico para darse cuenta de la centralidad que tiene la escucha de la Palabra del Señor en la espiritualidad judía y cristiana. Esta parábola va al corazón mismo de la revelación. El Señor es el sembrador que echa abundantemente la semilla en la tierra del corazón de los hombres. No es un comedido calculador. Parece más bien tener confianza en todos los terrenos, sean como sean, llenos de piedras o de hierbas, más o menos limpios o sin obstáculo alguno. Todos los terrenos son importantes para el sembrador. No hay ningún terreno -ningún corazón, ningún pueblo, ninguna nación, ningún grupo- que este singular sembrador no considere digno de atención. Ninguna porción queda descartada. El terreno es el mundo, también aquella parte de mundo que es cada uno de nosotros. No es difícil reconocer en la diversidad del terreno la complejidad de las situaciones humanas, incluidas las de cada uno de nosotros. Jesús no quiere dividir a los hombres y las mujeres en categorías: buenos, menos buenos y malos. Todos, buenos y malos, mediocres y perfectos, todos necesitamos recibir la semilla del Evangelio. Además, en cada uno de nosotros se suceden y se alternan momentos buenos para recibir la semilla y momentos menos favorables, de endurecimiento o de dispersión. En cualquier caso, hay una cosa cierta: hace falta que el sembrador entre en el terreno, are la tierra, quite las piedras, arranque las malas hierbas y tire abundantemente la semilla. El terreno, tanto si es rocoso como si es bueno (prácticamente no importa), debe acoger la semilla, es decir, la Palabra de Dios. La Palabra de Dios siempre es un don. Es un don indispensable para cambiar, para imitar el corazón del sembrador. Aquella palabra, aquella semilla, viene de fuera -es más, debe venir de fuera- pero entra tan adentro en la tierra que se convierte en una sola cosa con la tierra. Nuestras manos, acostumbradas tal vez a tocar cosas que consideramos de gran valor, tienen poco en cuenta esta pequeña semilla. ¡Cuántas veces hemos creído que eran más importantes nuestras tradiciones y nuestras convicciones respecto a la débil y frágil palabra evangélica! No obstante, al igual que la pequeña semilla contiene toda la fuerza que hará crecer a la planta futura, también la palabra evangélica contiene la energía que crea nuestro futuro y el futuro del mundo. Lo importante es no irle en contra.


20/07/2011
Memoria de los santos y de los profetas


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