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La oración cada día


 
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Icono del Santo Rostro
Iglesia de San Egidio - Roma

Recuerdo de la beata Madre Teresa de Calcuta.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Este es el Evangelio de los pobres,
la liberación de los prisioneros,
la vista de los ciegos,
la libertad de los oprimidos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Lucas 6,6-11

Sucedió que entró Jesús otro sábado en la sinagoga y se puso a enseñar. Había allí un hombre que tenía la mano derecha seca. Estaban al acecho los escribas y fariseos por si curaba en sábado, para encontrar de qué acusarle. Pero él, conociendo sus pensamientos, dijo al hombre que tenía la mano seca: «Levántate y ponte ahí en medio.» El, levantándose, se puso allí. Entonces Jesús les dijo: «Yo os pregunto si en sábado es lícito hacer el bien en vez de hacer el mal, salvar una vida en vez de destruirla.» Y mirando a todos ellos, le dijo: «Extiende tu mano.» El lo hizo, y quedó restablecida su mano. Ellos se ofuscaron, y deliberaban entre sí qué harían a Jesús.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Hijo del hombre,
ha venido a servir,
quien quiera ser grande
se haga siervo de todos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Evangelio de Lucas continúa la controversia sobre el sábado. Jesús todavía está en la sinagoga y, como suele hacer, se pone a enseñar. Entre los presentes hay también un hombre con la mano paralizada. El evangelista no dice nada sobre las disposiciones de aquel hombre, es decir, si alguien se ocupaba de curarle. Tener la mano derecha paralizada representa sin duda una dificultad para trabajar. En él podemos ver a todos aquellos que hoy quedan excluidos del trabajo, ya sea porque están enfermos o porque no tienen trabajo o lo han perdido. Y hoy, por desgracia, el número de estas personas ha aumentado y a menudo quedan olvidadas a su tristísima suerte. En aquella sinagoga están también los fariseos, que igualmente se percatan de aquel hombre. El evangelista sugiere que en su corazón esperan el milagro, no para alegrarse por la curación de aquel hombre sino más bien para acusar a Jesús. Es una distorsión del corazón que nace de la voluntad de defenderse a sí mismos y de defender su papel. Se trata de sentimientos que todos nosotros conocemos bien. Si aplicamos esta página a la situación de hoy en el mundo del trabajo vemos que a menudo se pone en primer lugar el beneficio, las ganancias, y no la dignidad de la persona que trabaja. En todas partes se producen numerosos accidentes laborales, que a veces son mortales, porque lo que interesa no es la dignidad de quien trabaja sino el beneficio. Jesús, al llamar a aquel hombre para que se ponga en el centro, nos recuerda precisamente la centralidad del hombre, sobre todo cuando es débil, cuando es pobre y está enfermo. Debemos poner en el centro de nuestra atención a estas personas, como aquel sábado hizo Jesús con aquel hombre. Tuvo que ser Jesús quien, con una orden tajante, como si quisiera indicar la decisión que hay que tener en estos casos, le dijera a aquel hombre: "Levántate y ponte ahí en medio". Y, con la autoridad del amor que viene de Dios, Jesús aclara que la Ley impone el "sábado" para el bien del hombre. Por eso, tras haber mirado en el interior del corazón de los presentes, se dirige al hombre que tenía la mano seca y le dice: "Extiende tu mano". El hombre obedece y queda curado. Parece resonar el eco de las palabras de Dios en los días de la creación, cuando el mundo iba tomando forma según las palabras del Creador. Aquel sábado Jesús continuaba la obra de la creación devolviendo a aquel hombre la fuerza para trabajar. Dar hoy trabajo a los desocupados significa curar a muchos de la tristeza y de la desesperación. Defender la dignidad de quien trabaja y no convertirlo en un peón del beneficio significa curar una situación inhumana. Cada vez que el hombre puede trabajar con dignidad se pueden repetir las palabras que leemos en el Génesis: "Y vio Dios que estaba bien". Solo los ciegos de corazón, como los fariseos de ayer y de hoy, pueden entristecerse.


05/09/2011
Oración por los enfermos


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