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La oración cada día


 
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Icono del Santo Rostro
Iglesia de San Egidio - Roma

Recuerdo de la dedicación de la catedral de Roma, la basílica de los santos Juan Bautista y Juan Evangelista en Letrán. Oración por la Iglesia de Roma. Recuerdo de la "noche de los cristales rotos", inicio de la persecución nazi contra los judíos.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ustedes son una estirpe elegida,
un sacerdocio real, nación santa,
pueblo adquirido por Dios
para proclamar sus maravillas.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Juan 4,19-24

Le dice la mujer: «Señor, veo que eres un profeta. Nuestros padres adoraron en este monte y vosotros decís que en Jerusalén es el lugar donde se debe adorar.» Jesús le dice: «Créeme, mujer, que llega la hora
en que, ni en este monte, ni en Jerusalén
adoraréis al Padre. Vosotros adoráis lo que no conocéis;
nosotros adoramos lo que conocemos,
porque la salvación viene de los judíos. Pero llega la hora (ya estamos en ella)
en que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en
espíritu y en verdad,
porque así quiere el Padre que sean los que le adoren.
Dios es espíritu,
y los que adoran,
deben adorar en espíritu y verdad.»

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ustedes serán santos
porque yo soy santo, dice el Señor.

Aleluya, aleluya, aleluya.

El recuerdo de la dedicación de la Basílica de San Juan de Letrán, que se celebra sobre todo en Roma, es de un alto valor para todos, y por eso está incluida en el calendario litúrgico de la Iglesia latina. Hoy, pues, nos reunimos todos en una especie de peregrinaje espiritual en la catedral de la Iglesia de Roma y nos unimos al Papa para que nos confirme en la fe común al Señor. A principios del siglo IV el papa Silvestre I entró, acompañado por el clero de Roma, en la nueva basílica para consagrarla a la oración de la comunidad cristiana. Por aquel entonces todavía no se podían construir iglesias dentro de las murallas de la ciudad y Constantino destinó un terreno de su propiedad a la edificación de la Iglesia catedral de Roma. El Papa, como preveía el rito litúrgico, aspergió las paredes y las marcó con doce cruces para indicar las doce puertas de la Jerusalén celestial. Entonces fue al altar, signo de Cristo, piedra angular del nuevo templo, y lo consagró con el aceite santo y el incienso. Fue un día de fiesta para toda la Iglesia de Roma. Y hoy lo es para toda la Iglesia. Sí, todas las Iglesias, incluso las que no están en plena comunión con la Iglesia católica, hoy pueden y deben mirar hacia este lugar que en la tierra representa a la Jerusalén celestial. Pero hoy no hacemos simplemente un recuerdo de un acontecimiento pasado; tampoco evocamos el momento de inauguración de un museo. Aquel día fue un día santo para Roma; un día realmente sin ocaso. Aquí, como en cualquier otra catedral y cualquier otra iglesia del mundo, la misericordia y la presencia de Dios no conocen el ocaso. Hablamos de la Basílica de San Juan, pero queremos referirnos a todas las catedrales esparcidas por el mundo. En ellas los hombres y las mujeres de la tierra nos reunimos y nos transformamos hasta convertirnos en ciudadanos del cielo, es decir, el verdadero templo de Dios, el lugar donde Él construyó su morada. Nadie es santo por sí solo; ninguna cosa es sagrada por sí sola. Un lugar es sagrado cuando Dios lo santifica, cuando Dios vive en él. Pablo, dirigiéndose a los cristianos de Corinto, les decía: "Vosotros sois la edificación de Dios"; y a quien tenía poca memoria le decía: "¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? Si alguno destruye el templo de Dios, Dios le destruirá a él; porque el templo de Dios es sagrado" (1 Co 3, 16-17). Nosotros somos el templo de Dios. Y de ese modo podemos comprender el sentido de las palabras que Jesús dijo a la samaritana y que hoy se han proclamado nuevamente: "Llega la hora en que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque así quiere el Padre que sean los que le adoren" (Jn 4, 23). Adorar al Padre en espíritu y en verdad significa dejar que el Señor llene nuestro corazón con su gracia, dejar que nos inunde con Su Palabra que nos edifica como templo espiritual. El edificio sagrado en la tierra es como un modelo en el que inspirarse. Por eso, frente a un individualismo religioso, debemos preguntarnos qué sería de nuestros edificios de culto si cada piedra, pequeña o grande, decidiera separarse y esparcirse por los campos. Simplemente dejarían de existir. Y si intentamos construir nuestras iglesias hermosas y preciosas (¡qué triste es el poco cuidado que por desgracia vemos en ellas!) es para que nos ayuden a construir la belleza y la preciosidad de nuestra comunión.


09/11/2011
Memoria de los santos y de los profetas


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