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Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Yo soy el buen pastor,
mis ovejas escuchan mi voz
y devendrán
un solo rebaño y un solo redil.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Proverbios 16,16-33

Adquirir sabiduría, cuánto mejor que el oro;
adquirir inteligencia es preferible a la plata. La calzada de los rectos es apartarse del mal;
el que atiende a su camino, guarda su alma. La arrogancia precede a la ruina;
el espíritu altivo a la caída. Mejor es ser humilde con los pobres
que participar en el botín con los soberbios. El que está atento a la palabra encontrará la dicha,
el que confía en Yahveh será feliz. Al de corazón sabio, se le llama inteligente,
la dulzura de labios aumenta el saber. La prudencia es fuente de vida para el que la tiene,
el castigo de los necios es la necedad. El corazón del sabio hace circunspecta su boca,
y aumenta el saber de sus labios. Palabras suaves, panal de miel:
dulces al alma, saludables al cuerpo. Hay caminos que parecen rectos,
pero al cabo son caminos de muerte. El ansia del trabajador para él trabaja,
pues le empuja el hambre de su boca. El hombre malvado trama el mal,
tiene en los labios como un fuego ardiente. El hombre perverso provoca querellas,
el delator divide a los amigos. El hombre violento seduce al vecino,
y le hace ir por camino no bueno. Quien cierra los ojos es para meditar maldades,
el que se muerde los labios, ha consumado el mal. Cabellos blancos son corona de honor;
y en el camino de la justicia se la encuentra. Más vale el hombre paciente que el héroe,
el dueño de sí que el conquistador de ciudades. Se echan las suertes en el seno,
pero la decisión viene de Yahveh.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Les doy un mandamiento nuevo:
que se amen los unos a los otros.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Vuelven en esta parte del capítulo 16 algunos aspectos de la vida del sabio que ya hemos encontrado en otros lados. Por lo demás, sabemos bien que necesitamos que la Palabra de Dios nos repita cosas que ya hemos escuchado, para que entren en el corazón y no permanezcan en la superficie o simplemente las olvidemos dominados como estamos por nosotros mismos y empujados por las muchas palabras que escuchamos cada día. De nuevo el texto nos presenta el peligro del orgullo y de la soberbia como una forma de vivir que lleva a la ruina: "La soberbia precede a la ruina y el orgullo a la caída". Por esto es necesario ser humildes con los pobres, porque el orgullo los aleja y conduce a su desprecio. Como en el capítulo 15, el autor está muy preocupado por el lenguaje. Debía encontrarse en una sociedad conflictiva y descarada, en la que el uso de la palabra no se alimentaba de la sabiduría. Muchas veces la ignorancia lleva a la costumbre de hablar de forma arrogante e irrespetuosa, lo que sólo provoca divisiones y continuos conflictos. Nuestra sociedad no parece mucho mejor de aquella en la que vivía nuestro autor, que por otra parte reúne proverbios que vienen de una larga historia. Insiste en las "palabras suaves" (v. 21), que aumentan el saber, hasta compararlas con la dulzura de la miel y considerarlas una medicina que cura: "Las palabras amables son un panal de miel: endulzan el alma y tonifican el cuerpo". Sabemos bien que una palabra amable puede hacer bien sobre todo a quien vive en la necesidad y puede ser verdaderamente como una medicina que cura. Se pronuncian demasiadas palabras ásperas, cortantes, incapaces de consolar y capaces sólo de herir, golpear, intimidar y abuchear a los demás. La Palabra de Dios nos enseña otro alfabeto, el de la dulzura y el respeto, el del amor y la consolación. Con ella se esposa también la corrección y el reproche, como otras veces hemos leído en este libro, para que quien quiere a alguien sepa usar también en la corrección el tono justo que ayuda y no condena. Hay demasiada arrogancia en la vida de cada día. Ante ella se cede con facilidad. A veces se tiene miedo de oponérsele, como si fuera una ley de nuestra sociedad. "El hombre perverso provoca peleas, el deslenguado divide a los amigos". Hay una maldad difusa que provoca conflictos y divide. El sabio está llamado a oponerse a ella con la palabra, la dulzura, la paciencia y el dominio de sí: "Más vale hombre paciente que valiente, mejor dominarse que conquistar ciudades" (v. 32). En un amor paciente y en el dominio de sí encontramos una fuerza que vale más que la de un ejército.


09/02/2012
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