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Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Quien vive y cree en mí
no morirá jamas.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Proverbios 18,1-24

El que vive apartado, busca su capricho,
se enfada por cualquier consejo. El necio no halla gusto en la prudencia,
sino en manifestar su corazón. Cuando llega la maldad, también llega el desprecio;
y con la afrenta viene la ignominia. Las palabras en la boca del hombre son aguas profundas:
torrente desbordado, fuente de sabiduría. No es bueno tener miramientos con el malo,
para quitar, en el juicio, la razón al justo. Los labios del necio se meten en el proceso,
y su boca llama a los golpes. La boca del necio es su ruina,
y sus labios una trampa para su vida. Las palabras del delator son golosinas,
que bajan hasta el fondo de las entrañas. El que es perezoso en el trabajo,
es hermano del que destruye. El nombre de Yahveh es torre fuerte,
a ella corre el justo y no es alcanzado. La fortuna del rico es su plaza fuerte;
como muralla inexpugnable, en su opinión. El corazón humano se engríe antes de la ruina,
y delante de la gloria va la humildad. Si uno responde antes de escuchar
eso es para él necedad y confusión. El ánimo del hombre lo sostiene en su enfermedad;
pero perdido el ánimo, ¿quién lo levantará? Corazón inteligente adquiere ciencia,
el oído de los sabios busca la ciencia. El regalo de un hombre todo se lo allana,
y le lleva hasta la presencia de los grandes. Parece justo el primero que pleitea;
mas llega su contendiente y lo pone al descubierto. Las suertes ponen fin a los litigios
y deciden entre los poderosos. Un hermano ofendido es peor que una plaza fuerte,
y las querellas son como cerrojos de ciudadela. Con el fruto de la boca sacia el hombre su vientre,
con los frutos de sus labios se sacia. Muerte y vida están en poder de la lengua,
el que la ama comerá su fruto. Quien halló mujer, halló cosa buena,
y alcanzó favor de Yahveh. El pobre habla suplicando,
pero el rico responde con dureza. Hay amigos que causan la ruina,
y hay quien ama con más apego que un hermano.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Si tú crees, verás la gloria de Dios,
dice el Señor.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Los Proverbios son el espejo de la vida. Son el fruto de una larga historia que refleja la sabiduría de Israel. Por eso vuelven continuamente sobre los mismos problemas y sobre las mismas situaciones, casi como para estimular nuestra reflexión y para profundizar aspectos de la vida y comportamientos que muchas veces se han convertido en costumbres consolidadas, difíciles de derrotar, porque cada uno se enamora de sí mismo y de sus formas de hacer y de pensar, seguro de estar en lo justo. Es necesario escuchar las mismas palabras para salir de nuestras convicciones. Es necesario escuchar asiduamente la Palabra de Dios para poder seguir en ese camino de cambio de nosotros mismos. El capítulo 18 dirige nuestra atención esencialmente sobre la palabra y sobre las disputas y los conflictos. La presencia de labios, boca y lengua es continua. El versículo 4 parece una digna introducción de este tema: "Las palabras del hombre son aguas profundas, torrente desbordado, fuente de sabiduría". Si un hombre es sabio, sus palabras son profundas porque no nacen de sí mismo sino de una profundidad que viene del Señor y de su enseñanza, hasta el punto de ser capaz de comunicarlas como un torrente que desborda. La Palabra de Dios nos ayuda a ir a lo profundo, para no detenernos en la superficie de las cosas que vemos. La apariencia es un engaño que impide comprender. El hombre sabio es profundo en su hablar y en su comunicar, porque no habla sólo de sí. Por el contrario, la boca y los labios del necio producen conflictos, son una ruina, una trampa para su propia vida (vv. 6-7). "Las disputas, como cerrojos de fortaleza", dice con sabiduría el texto para invitarnos a no discutir, porque de las disputas es difícil desenredarse. Estas nos rodean y hacen difícil encontrar de nuevo el acuerdo con los demás. Sabemos bien lo verdadero que es esto. Y no es verdad que quien habla el primero tiene la razón, como advierte el sabio: "Parece justo el primero que declara, hasta que llega su adversario y lo desmiente" (v. 17). Muchas veces nos inflamos de orgullo después de una disputa. Verdaderamente parece que si no discutimos alguna vez al menos de vez en cuando no demostramos que existimos o que somos fuertes. Lástima que las disputas sólo demuestran que somos prepotentes. Recordemos que "Muerte y vida dependen de la lengua: el que la aprecia comerá su fruto" (v. 21). Con la lengua podemos salvar e incluso hacer morir. Por lo demás, es precisamente la Palabra del Señor la que hace vivir. Al final la prepotencia nos aleja de todos, sobre todo del pobre, que es el que tiene más necesidad que todos de ser escuchado: "El pobre habla suplicando, el rico responde con dureza" (v. 23). Quien está acostumbrado a las disputas y se preocupa de su bienestar responderá con dureza a la súplica del pobre. El Señor nos invita, por el contrario, a responderle con amabilidad, porque el amor por el pobre nos hace hijos del Altísimo.


11/02/2012
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