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La oración cada día


 
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Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Gloria a ti, oh Señor, sea gloria a ti

Este es el Evangelio de los pobres,
la liberación de los prisioneros,
la vista de los ciegos,
la libertad de los oprimidos.

Gloria a ti, oh Señor, sea gloria a ti

Primera Timoteo 1,1-7

Pablo, apóstol de Cristo Jesús, por mandato de Dios nuestro Salvador y de Cristo Jesús nuestra esperanza, a Timoteo, verdadero hijo mío en la fe. Gracia, misericordia y paz de parte de Dios Padre y de Cristo Jesús, Señor nuestro. Al partir yo para Macedonia te rogué que permanecieras en Éfeso para que mandaras a algunos que no enseñasen doctrinas extrañas, ni dedicasen su atención a fábulas y genealogías interminables, que son más a propósito para promover disputas que para realizar el plan de Dios, fundado en la fe. El fin de este mandato es la caridad que procede de un corazón limpio, de una conciencia recta y de una fe sincera. Algunos, desviados de esta línea de conducta, han venido a caer en una vana palabrería; pretenden ser maestros de la Ley sin entender lo que dicen ni lo que tan rotundamente afirman.

 

Gloria a ti, oh Señor, sea gloria a ti

El Hijo del hombre,
ha venido a servir,
quien quiera ser grande
se haga siervo de todos.

Gloria a ti, oh Señor, sea gloria a ti

Después de su primer cautiverio en Roma (61-63), durante un viaje misionero Pablo había dejado a Timoteo en Éfeso como su vicario y responsable de la comunidad cristiana. El apóstol, tras permanecer allí tres años -del 54 al 57 (Hch 19)-, al despedirse de los ancianos a su regreso a Jerusalén, les había exhortado a la vigilancia (Hch 20, 31). En aquella ocasión había predicho ya: "Después de mi partida... de entre vosotros mismos se levantarán hombres que hablarán cosas perversas, para arrastrar a los discípulos detrás de ellos" (Hch 20, 30). Por tanto le había recomendado a Timoteo que tomara una postura firme contra los que proclamaban opiniones alejadas del Evangelio. La carta, aunque dirigida a Timoteo, va destinada a toda la comunidad, que a causa de los falsos maestros corría el riesgo de alejarse del "plan de Dios". Pablo, recurriendo a su autoridad apostólica, pide a todos que escuchen a Timoteo como si se tratara de él mismo. Y no sólo porque está verdaderamente unido a él -como escribe a los Filipenses: "Pues a nadie tengo que se le iguale en la sincera preocupación por vuestros intereses, ya que todos buscan su propio interés y no el de Cristo Jesús. Pero vosotros conocéis su probada virtud, pues como un hijo junto a su padre, ha estado conmigo al servicio del Evangelio" (2, 20-22). Quiere sobre todo subrayar el tipo de vínculo que les une, y que remite a "Dios nuestro Salvador" y a "Cristo Jesús nuestra esperanza". Pablo aclara de este modo el sentido de la autoridad en la comunidad cristiana: quien ha sido puesto como guía de la comunidad tiene el deber de servir, en nombre de Dios, a la unidad de todos, con el fin de custodiar el Evangelio del amor que debe ser comunicado a todos. Por esto Timoteo debe hacer frente a aquellos que dentro de la comunidad de los creyentes difunden "fábulas" y "genealogías interminables", porque de ese modo se promueven "disputas" y se aleja del "plan de dios, fundado en la fe". Pablo añade que "el fin de este mandato" -que coincide con la misión misma de toda la comunidad cristiana a lo largo de los siglos- "es la caridad", es decir, el amor mismo de Dios, que se ha de vivir y comunicar a todo el mundo. Es obvio que la aparición de resentimientos y el aumento de los conflictos hacen difícil tanto la comunión entre los hermanos como la misión de la comunidad. El Evangelio ha sido comunicado a los hermanos y las hermanas de la comunidad para que se difunda cada vez más el amor de Dios entre los hombres, y ese amor -la caridad- no surge de actitudes humanas, no es patrimonio natural del hombre, sino un don que se recibe de Dios mismo. De hecho la caridad es un amor que no conoce límites, que no pretende reciprocidad, que es totalmente gratuito. Cuando el apóstol escribe que la caridad "procede de un corazón limpio, de una conciencia recta y de una fe sincera", pretende precisamente aclarar que se trata del amor que Dios derrama en nuestros corazones a través de su espíritu. Escribía a los Corintios que sin la caridad, sin ese amor gratuito, somos "como bronce que suena o címbalo que retiñe" (1 Co 13, 1). Esto sucede siempre que, olvidando que somos discípulos, nos comportamos como "doctores de la ley", buscando nuestros intereses en lugar de los de Cristo. El orgullo y la seguridad son los gérmenes que corroen la vida de la comunidad porque amenazan su corazón mismo, el amor.


05/03/2012
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