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Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Cristo ha resucitado de entre los muertos y no muere más!
El nos espera en Galilea!

Aleluya, aleluya, aleluya.

Segunda Timoteo 4,1-8

Te conjuro en presencia de Dios y de Cristo Jesús que ha de venir a juzgar a vivos y muertos, por su Manifestación y por su Reino: Proclama la Palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, amenaza, exhorta con toda paciencia y doctrina. Porque vendrá un tiempo en que los hombres no soportarán la doctrina sana, sino que, arrastrados por su propias pasiones, se harán con un montón de maestros por el prurito de oír novedades; apartarán sus oídos de la verdad y se volverán a las fábulas. Tú, en cambio, pórtate en todo con prudencia, soporta los sufrimientos, realiza la función de evangelizador, desempeña a la perfección tu ministerio. Porque yo estoy a punto de ser derramado en libación y el momento de mi partida es inminente. He competido en la noble competición, he llegado a la meta en la carrera, he conservado la fe. Y desde ahora me aguarda la corona de la justicia que aquel Día me entregará el Señor, el justo Juez; y no solamente a mí, sino también a todos los que hayan esperado con amor su Manifestación.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Cristo ha resucitado de entre los muertos y no muere más!
El nos espera en Galilea!

Aleluya, aleluya, aleluya.

Mientras la carta se aproxima a su conclusión, Pablo parece hacerse más insistente en sus recomendaciones a Timoteo: está preocupado por la suerte de la comunidad, y quiere que el discípulo esté a la altura necesaria para guiarla. No teme poner ante sus ojos la gravedad de la responsabilidad que le espera, hasta el punto de comenzar sus recomendaciones conjurando solemnemente a Timoteo (cf. 1 Tm 5, 21), poniéndolo ante Dios y el Señor Jesús, juez supremo. El apóstol le recuerda el juicio eterno de Jesucristo, que juzgará "a vivos y muertos", y también su obra de pastor de la comunidad. La primera obra que le encomienda es el anuncio de la "palabra". Ninguna consideración humana debe condicionar la predicación del Evangelio: no importa si ésta es grata a los hombres o no, ni tampoco si el tiempo, la manera o las circunstancias de la misma son favorables. Pablo dice de sí mismo: "Predicar el Evangelio... es más bien un deber que me incumbe. ¡Ay de mí si no predico el Evangelio!" (1 Co 9, 16). Ciertamente, al predicador le espera la tarea de hacer llegar la ayuda del Evangelio al corazón de la gente, y para esto debe mostrar un comportamiento lleno de benevolencia y exento de dureza. Necesita la caridad de la que Pablo dice: "La caridad es paciente, es amable; la caridad no es envidiosa, no es jactanciosa, no se engríe; es decorosa; no busca su interés; no se irrita; no toma en cuenta el mal; no se alegra de la injusticia; se alegra con la verdad. Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta" (1 Co 13,4-7). La comunicación del Evangelio es necesaria porque se aproximan "momentos difíciles" (3, 1), tiempos de división y de extravío. Timoteo debe mostrar sobriedad y presentar el mensaje evangélico con prudencia y claridad, a la vez que con firmeza. La predicación de la Palabra de Dios conlleva sufrimientos y humillaciones, como la misma vida de Pablo demuestra. El apóstol escribe teniendo la muerte ante sus ojos: sabe que se acerca el momento en que su sangre será derramada como sacrificio de ofrenda a Dios en el martirio. Pero aún así su muerte será un "retorno" al Señor. Vuelve la vista atrás, a la carrera que ha sido su vida: ha sido una "competición" pero ha cuidado y conservado la fe en Cristo; ha sido "servidor de Cristo y administrador de los misterios de Dios" (1 Co 4, l), y ha mantenido esa fidelidad que se "exige a los administradores" (1 Co 4, 2). Puede por tanto tener la firme esperanza de recibir "la corona de la justicia", como un corredor que ha llegado victorioso a la meta. "Aquel Día" el Señor le concederá la corona de la victoria como premio por una vida vivida al servicio de Dios y de su Iglesia. Sabe que la corona de la victoria no la recibirá solo sino junto a los discípulos que esperan con amor su manifestación. Una vez más Pablo une la vida del discípulo a la de la comunidad, sosteniendo que la corona que recibiremos comienza en la tierra con la de los hermanos y las hermanas, verdadera familia de Dios.


14/04/2012
Oración de Pascua


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