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La oración cada día


 
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Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ustedes son una estirpe elegida,
un sacerdocio real, nación santa,
pueblo adquirido por Dios
para proclamar sus maravillas.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Efesios 1,3-14

Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido con toda clase de bendiciones
espirituales, en los cielos, en Cristo; por cuanto nos ha elegido en él antes de la fundación del mundo,
para ser santos e inmaculados en su presencia, en el
amor; eligiéndonos de antemano para ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo,
según el beneplácito de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia
con la que nos agració en el Amado. En él tenemos por medio de su sangre la redención,
el perdón de los delitos,
según la riqueza de su gracia que ha prodigado sobre nosotros
en toda sabiduría e inteligencia, dándonos a conocer el Misterio de su voluntad
según el benévolo designio
que en él se propuso de antemano, para realizarlo en la plenitud de los tiempos:
hacer que todo tenga a Cristo por Cabeza,
lo que está en los cielos y lo que está en la tierra. A él, por quien entramos en herencia,
elegidos de antemano
según el previo designio del que realiza todo
conforme a la decisión de su voluntad, para ser nosotros
alabanza de su gloria,
los que ya antes esperábamos en Cristo. En él también vosotros,
tras haber oído la Palabra de la verdad,
el Evangelio de vuestra salvación,
y creído también en él,
fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la Promesa,
que es prenda de nuestra herencia,
para redención del Pueblo de su posesión,
para alabanza de su gloria.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ustedes serán santos
porque yo soy santo, dice el Señor.

Aleluya, aleluya, aleluya.

El apóstol empieza su epístola con un himno de bendición. La mirada de fe le lleva a magnificar al Señor por el designio de salvación que ha concebido para todo el universo. Las tres personas de la Trinidad actúan juntas: el Padre, origen y promotor de este designio salvífico; el Cristo, mediador a través del cual Él lo hace realidad; el Espíritu Santo, que lo orienta todo hacia el cumplimiento final. El apóstol bendice directamente a Dios porque nos ha bendecido "con toda clase de bendiciones espirituales". Normalmente somos nosotros, quienes pedimos a Dios su bendición; aquí es el apóstol, quien bendice al Padre por el amor con el que nos ha amado. Dicho amor es bendición para nosotros. De hecho, fuimos elegidos por Dios desde la eternidad y hemos sido elegidos "en Cristo", es decir, como miembros de la comunidad de sus discípulos. Dios nunca concibió a Cristo sin la Iglesia, y por tanto nunca pensó en nosotros sin la comunidad. De ahí proviene nuestra gratitud al Señor, pues sabemos que "existimos" porque él nos ama personalmente y porque estamos destinados a ser "santos e inmaculados". El objetivo de la encarnación del Hijo es "recapitular" en él a todos y a todo. A través de la resurrección, el crucificado fue colocado a la cabeza de toda la creación. En él todo el universo y la historia de los hombres encuentran cohesión y significado. Él lleva a cabo aquel sueño de unidad presente en Dios desde la creación: todos provenimos de Dios y a él debemos volver todos. Dicho designio fue revelado de manera totalmente nueva cuando Jesús nos enseñó a Dios como su "Padre". En el Hijo resucitado Dios ha abierto su paternidad a todos los hombres. Por eso nosotros, los creyentes, vivimos ya ahora en el Resucitado, hasta poder decir que el Padre ya nos ha llevado a "los cielos", allí donde está el Cristo. Por eso la lucha contra las potencias del mal no es vana: el creyente ya participa ahora de la victoria final de Cristo y sabe que nada podrá separarle del amor de Dios. En Cristo, Dios ha concebido, realizado y llevado a cabo todo el designio de salvación. Él es el alfa porque es el omega, estaba en el origen y ahora recapitula en él todas las cosas. Nosotros, los creyentes, recibimos el "Espíritu Santo de la promesa", es decir, el que fue prometido a los profetas (cf. Ez 36,25ss.), que para nosotros es también "prenda" (v. 14), adelanto, anticipo del pleno cumplimiento de la obra divina a nuestro favor.


16/05/2012
Memoria de los santos y de los profetas


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