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Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Espíritu del Señor está sobre ti,
el que nacerá de ti será santo.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Segunda Tesalonicenses 1,1-12

Pablo, Silvano y Timoteo a la Iglesia de los Tesalonicenses, en Dios nuestro Padre y en el Señor Jesucristo. Gracia a vosotros y paz de parte de Dios Padre y del Señor Jesucristo. Tenemos que dar en todo tiempo gracias a Dios por vosotros, hermanos, como es justo, porque vuestra fe está progresando mucho y se acrecienta la mutua caridad de todos y cada uno de vosotros, hasta tal punto que nosotros mismos nos gloriamos de vosotros en las Iglesias de Dios por la tenacidad y la fe en todas las persecuciones y tribulaciones que estáis pasando. Esto es señal del justo juicio de Dios, en el que seréis declarados dignos del Reino de Dios, por cuya causa padecéis. Porque es propio de la justicia de Dios el pagar con tribulación a los que os atribulan, y a vosotros, los atribulados, con el descanso junto con nosotros, cuando el Señor Jesús se revele desde el cielo con sus poderosos ángeles, en medio de una llama de fuego, y tome venganza de los que no conocen a Dios y de los que no obedecen al Evangelio de nuestro Señor Jesús. Estos sufrirán la pena de una ruina eterna, alejados de la presencia del Señor y de la gloria de su poder, cuando venga en aquel Día a ser glorificado en sus santos y admirado en todos los que hayan creído - pues nuestro testimonio ha sido creído por vosotros. Con este objeto rogamos en todo tiempo por vosotros: que nuestro Dios os haga dignos de la vocación y lleve a término con su poder todo vuestro deseo de hacer el bien y la actividad de la fe, para que así el nombre de nuestro Señor Jesús sea glorificado en vosotros, y vosotros en él, según la gracia de nuestro Dios y del Señor Jesucristo.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

He aquí Señor, a tus siervos:
hágase en nosotros según tu Palabra.

Aleluya, aleluya, aleluya.

También en esta segunda Epístola a los Tesalonicenses Pablo, Silvano y Timoteo escriben juntos. Pablo y Silvano habían sido encarcelados a causa de su predicación tras haber sufrido crueles palizas. En la cárcel, hacia medianoche, habían rezado y cantado juntos himnos de alabanzas a Dios y el Señor les había liberado milagrosamente (cf. Hch 16,19-30). Pablo había alabado a Timoteo en varias ocasiones y lo había propuesto como ejemplo de creyente. En cualquier caso, tanto Silvano como Timoteo predicaban por encargo del apóstol incluso en Macedonia (cf. Hch 18,5). Es un inicio que demuestra la fraternidad de los tres discípulos en el común empeño evangélico. Juntos se dirigen a la pequeña comunidad de Tesalónica, que ya había crecido en la fe y en el amor hasta el punto de ser ejemplo para las demás comunidades. La vida evangélica de una comunidad influye en las demás; es el fruto de la "comunión de los santos". El apóstol siente un justificado orgullo, entre otras cosas porque la pequeña comunidad de Tesalónica había soportado no pocas oposiciones. Los judíos de la ciudad la consideraban como un peligroso competidor y habían levantado al pueblo en su contra. El apóstol recuerda a aquellos cristianos que no están a salvo de las persecuciones. No obstante, "el que persevere hasta el fin, ese se salvará" (Mt 24,13). En el fuego purificador de los sufrimientos se cumple ya ahora el juicio que tendrá lugar al término de la historia, cuando los que hayan perseverado en la fe y en el amor serán separados de aquellos que se han alejado. Solo quien ha perseverado tendrá la ciudadanía en el reino de Dios, como recuerda el apóstol Pedro: si alguien tiene que sufrir "por cristiano, que no se avergüence, que glorifique a Dios por llevar este nombre. Porque ha llegado el tiempo de comenzar el juicio por la casa de Dios. Pues si comienza por nosotros, ¿qué fin tendrán los que no creen en el Evangelio de Dios?" (1 P 4,16ss). El sufrimiento es una carga necesaria para el discípulo de Jesús. Y no debe dejarse engañar si parece que los impíos no lo sufren. Ya el salmista indicaba: "Estaba celoso de los perversos, al ver prosperar a los malvados. A su muerte, no hay congojas para ellos, sano y rollizo está su cuerpo" (Sal 73,3-4). Pablo contesta: "No os engañéis; de Dios nadie se burla. Pues lo que uno siembre, eso cosechará" (Ga 6,7). Todo estará claro al final de los tiempos. Pablo, con el típico lenguaje apocalíptico, describe el inexorable juicio de Dios: quien se rebela al Evangelio caerá en una profunda soledad "alejado de la presencia del Señor", mientras que quien ha perseverado en la escucha de la Palabra de Dios y en el servicio a los pobres verá al Señor "cara a cara" (1 Co 13,12). Pablo reza para que todos puedan llegar hasta el perfecto cumplimiento de los días en los que los elegidos estarán al lado del trono del Cordero y cantarán al Señor un canto nuevo, como se lee en el Apocalipsis: "Y salió una voz del trono, que decía: 'Alabad a nuestro Dios, todos sus siervos y los que le teméis, pequeños y grandes’. ... Alegrémonos y regocijémonos y démosle gloria, porque han llegado las bodas del Cordero" (Ap 19,5.7).


12/06/2012
Memoria de la Madre del Señor


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