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Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Yo soy el buen pastor,
mis ovejas escuchan mi voz
y devendrán
un solo rebaño y un solo redil.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Segunda Tesalonicenses 2,13-17

Nosotros, en cambio, debemos dar gracias en todo tiempo a Dios por vosotros, hermanos, amados del Señor, porque Dios os ha escogido desde el principio para la salvación mediante la acción santificadora del Espíritu y la fe en la verdad. Para esto os ha llamado por medio de nuestro Evangelio, para que consigáis la gloria de nuestro Señor Jesucristo. Así pues, hermanos, manteneos firmes y conservad las tradiciones que habéis aprendido de nosotros, de viva voz o por carta. Que el mismo Señor nuestro Jesucristo y Dios, nuestro Padre, que nos ha amado y que nos ha dado gratuitamente una consolación eterna y una esperanza dichosa, consuele vuestros corazones y los afiance en toda obra y palabra buena.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Les doy un mandamiento nuevo:
que se amen los unos a los otros.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Tras las severas descripciones del juicio divino sobre los hombres que se dejan seducir por el maligno, el apóstol da las gracias al Señor por los que se han mantenido fieles al Evangelio. Aquellos son "hermanos amados del Señor". El amor de Dios es el vínculo que une a los miembros de la Iglesia. Pablo recuerda a los tesalonicenses la especial gracia que han recibido: ser la primera ciudad de Macedonia en la que se ha predicado el Evangelio. Y nosotros la podemos definir como la primera comunidad cristiana de Europa. Aquellos respondieron a este privilegio convirtiéndose en un modelo para la Iglesia "en todo el mundo" (1 Ts 1,8). Así como fueron los primeros en recibir el Evangelio, también debían ser los primeros en dar testimonio de él. Y se convirtieron en un "centro de irradiación" de la Palabra: "Partiendo de vosotros, en efecto, ha resonado la palabra del Señor y vuestra fe en Dios se ha difundido no solo en Macedonia y en Acaya, sino por todas partes, de manera que nada nos queda por decir" (1 Ts 1,8). Pablo quería que los tesalonicenses continuaran comunicando el Evangelio para que resonara en el corazón de los hombres la voz misma de Dios. Ya en la primera epístola el apóstol daba gracias al Señor: "De ahí que también por nuestra parte no cesemos de dar gracias a Dios porque, al recibir la palabra de Dios que os predicamos, la acogisteis, no como palabra de hombre, sino cual es en verdad, como palabra de Dios, que permanece activa en vosotros, los creyentes" (1 Ts 2,13). El crecimiento de la predicación impulsa a todo el mundo a la salvación que es conseguir "la gloria de nuestro Señor Jesucristo" (2,14). Pero mientras caminamos por esta tierra como peregrinos, nadie puede afirmar estar seguro de la salvación. En un tiempo de tentación y de lucha, el cristiano se encuentra siempre en peligro. Siempre podemos hacer que el don que hemos recibido sea en vano, como recuerda el apóstol. Nadie debe descuidar el mandamiento de Dios, porque correría el riesgo de perder la vida verdadera: "Manteneos firmes y conservad las tradiciones que habéis aprendido de nosotros, de viva voz o por carta" (2,15). A los filipenses Pablo les recuerda: "Lo que importa es que vosotros llevéis una conducta digna del Evangelio de Cristo, para que tanto si voy a veros como si estoy ausente, oiga de vosotros que os mantenéis firmes en un mismo espíritu y lucháis unánimes por la fe del Evangelio, sin dejaros intimidar en nada por los adversarios. Esto será para ellos una señal de perdición, y para vosotros, de salvación. Tal es el designio de Dios" (Flp 1,27ss). Existe un vínculo directo entre el Evangelio predicado y la vida de la comunidad. Pablo lo escribía también a los corintios: "Os hago saber, hermanos, el Evangelio que os prediqué, que habéis recibido y en el cual permanecéis firmes, por el cual también sois salvados, si lo guardáis tal como os lo prediqué... Si no, ¡habríais creído en vano!" (1 Co 15,1ss). Y ruega al Señor que consuele sus corazones y los afiance "en toda obra y palabra buena". Todo, en efecto, proviene del amor del Padre que da consuelo y esperanza.


14/06/2012
Memoria de la Iglesia


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