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La oración cada día


 
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Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Quien vive y cree en mí
no morirá jamas.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Segunda Pedro 1,12-15

Por esto, estaré siempre recordándoos estas cosas, aunque ya las sepáis y estéis firmes en la verdad que poseéis. Me parece justo, mientras me encuentro en esta tienda, estimularos con el recuerdo, sabiendo que pronto tendré que dejar mi tienda, según me lo ha manifestado nuestro Señor Jesucristo. Pero pondré empeño en que, en todo momento, después de mi partida, podáis recordar estas cosas.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Si tú crees, verás la gloria de Dios,
dice el Señor.

Aleluya, aleluya, aleluya.

El apóstol Pedro ejerce su responsabilidad de pastor recordando a todos la verdad evangélica. Podríamos decir que indica el itinerario de la predicación que cada generación cristiana debe continuar viviendo. Comunicar el Evangelio consiste en recordar las palabras y las obras de Jesús y reproponerlas, de generación en generación, para que lleguen a tocar el corazón de quien escucha y provoquen en él un cambio de vida. El Evangelio -recuerda Pablo- es "fuerza de Dios (Rm 1,16). En él está presente y actúa el poder del Señor. Por tanto, acoger el Evangelio no significa simplemente recordar hechos acaecidos en el pasado, sino más bien acoger la fuerza de salvación que encierran aquellas palabras: a quien las escucha la fuerza del Espíritu le hace cambiar el corazón y actuar para transformar la vida del mundo. El pastor, y todo creyente, debe sentir la responsabilidad de "estimular" a los hermanos y las hermanas de la fe a través de la predicación del Evangelio. El apóstol siente esta responsabilidad con especial urgencia, hasta el punto de que ve acercarse el fin de sus días. Probablemente las amenazas de muerte se habían hecho más evidentes y no quería privar a los cristianos de aquel testimonio que había cambiado tan radicalmente su vida, y que le había hecho pasar de pescador de Galilea a testigo del misterio mismo de Dios. En realidad también a nosotros se nos acaba el tiempo de comunicar el Evangelio. Eso significa que no podemos tardar más en comunicarlo porque es la única palabra que puede salvarnos a nosotros y al mundo de la barbarie en la que continúa cayendo. Pedro, con estas palabras, nos recuerda que debemos intensificar la comunicación del Evangelio testimoniando su verdad con obras y con palabras. El Evangelio, de hecho, se comunica de corazón a corazón, de generación a generación, y cada cristiano tiene la responsabilidad de esta tarea fundamental. No solo se trata de una responsabilidad hacia los demás, sino también hacia la comunidad en la que vivimos nuestra fe, pues sin comunicar el Evangelio, sin misión, toda comunidad cristiana corre el riesgo de secarse y morir.


28/07/2012
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