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Iglesia de San Egidio - Roma

Recuerdo de santa Clara de Asís (1193-1253), discípula de san Francisco en el camino de la pobreza y de la simplicidad evangélica.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Quien vive y cree en mí
no morirá jamas.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Primera Juan 2,28-3,3

Y ahora, hijos míos, permaneced en él
para que, cuando se manifieste,
tengamos plena confianza
y no quedemos avergonzados lejos de él
en su Venida. Si sabéis que él es justo,
reconoced que todo el que obra la justicia
ha nacido de él. Mirad qué amor nos ha tenido el Padre
para llamarnos hijos de Dios,
pues ¡lo somos!.
El mundo no nos conoce
porque no le conoció a él. Queridos,
ahora somos hijos de Dios
y aún no se ha manifestado lo que seremos.
Sabemos que, cuando se manifieste,
seremos semejantes a él,
porque le veremos tal cual es. Todo el que tiene esta esperanza en él
se purifica a sí mismo, como él es puro.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Si tú crees, verás la gloria de Dios,
dice el Señor.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Juan exhorta a los discípulos de nuevo a "permanecer" en Jesús. Se trata de un tema que el apóstol al que "Jesús amaba" tenía en gran consideración, y que es recurrente tanto en las páginas evangélicas como en esta epístola. La comunión con Cristo es una dimensión específica del amor cristiano. Juan tranquiliza a los cristianos diciéndoles que si "permanecen" con Jesús no deben temer nada, ni siquiera el juicio definitivo (la parusia), porque ya están salvados por haber "nacido de él". En el prólogo del Evangelio se lee: "A todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre; los cuales no nacieron de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de hombre sino que nacieron de Dios" (Jn 1,12-13). Así pues, nosotros somos hijos de Dios no de palabra sino en la realidad si, obviamente, permanecemos ligados a Jesús, el Hijo primogénito. El apóstol sabe que nos encontramos en el corazón del misterio del amor de Dios y exhorta a contemplarlo: "Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!". El amor de Dios, que nos salva del pecado y de la muerte, hace que los cristianos sean "incomprensibles" para la mentalidad egocéntrica y violenta de este mundo. Sobre todo hoy la costumbre del individualismo y de hacer las cosas solos, junto a una falsa idea de libertad, lleva casi al rechazo del vínculo con el Señor y con los demás. El sentimiento de autosuficiencia y de omnipotencia impide vivir aquella riqueza que proviene de la comunión con Dios y con los demás. Por eso el Evangelio tiene una imborrable dimensión de extrañeza ante la mentalidad del mundo que requiere a los discípulos de Jesús un testimonio de tintes heroicos. Y en la historia de la Iglesia no han faltado los cristianos que han mostrado dicho heroísmo del amor hasta la efusión de la sangre. Pero llegará el tiempo en el que se manifestará la victoria del amor y los cristianos, que ahora ven como en un espejo, verán al Señor "cara a cara", como dice Pablo a los corintios (1 Co 13,12).


11/08/2012
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