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La oración cada día


 
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Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Este es el Evangelio de los pobres,
la liberación de los prisioneros,
la vista de los ciegos,
la libertad de los oprimidos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Primera Juan 4,17-21

En esto ha llegado el amor a su plenitud con nosotros:
en que tengamos confianza en el día del Juicio,
pues como él es, así somos nosotros en este mundo. No hay temor en el amor;
sino que el amor perfecto expulsa el temor,
porque el temor mira el castigo; quien teme
no ha llegado a la plenitud en el amor.
Nosotros amemos,
porque él nos amó primero. Si alguno dice: «Amo a Dios»,
y aborrece a su hermano,
es un mentiroso;
pues quien no ama a su hermano, a quien ve,
no puede amar a Dios a quien no ve. Y hemos recibido de él este mandamiento:
quien ama a Dios, ame también a su hermano.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Hijo del hombre,
ha venido a servir,
quien quiera ser grande
se haga siervo de todos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

La audacia del apóstol cuando dice que el amor en los cristianos es perfecto subraya la originalidad del amor evangélico (el agape) que no es obra del hombre sino, precisamente, el amor de Dios derramado en el corazón de los creyentes. Y es un amor que une al cristiano con Dios y con los hermanos de manera indivisible. El amor cristiano realiza una circularidad de relación entre Dios y los hermanos que empieza cuando Dios "permanece" en nosotros. Y el mejor ejemplo es el de Jesús: "Según es él, así seremos nosotros en este mundo." Es una afirmación que recuerda a la de Pablo: "Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí." El amor perfecto de los cristianos, por tanto, no es obra del hombre. Es un don que el cristiano recibe desde las alturas y que no debe ni encadenar ni entristecer, sino que debe dejar actuar con su fuerza liberadora. Una vez más el apóstol afirma que podemos amar porque Dios nos ha amado primero. Y, tal como se ve claramente en todas las páginas bíblicas, jamás se trata de un amor abstracto y vacío, sino de un amor que siempre se hace realidad cuando amamos a los hombres empezando por los más débiles. Pues bien, si el amor de Dios es de ese tipo, se deduce que no se puede amar a Dios sin amar los hermanos. Solo el mentiroso puede realizar tales afirmaciones. El apóstol es claro: "Quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve". El amor de Dios, en efecto, es indivisible del amor por el hombre. Todas las Escrituras están marcadas por esta convicción que con Jesús alcanza su punto álgido: hay que amar no solo a aquellos a los que nos aman, sino también a nuestros enemigos. Entonces el amor alcanzará la perfección.


20/08/2012
Memoria de los pobres


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