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La oración cada día


 
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Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Yo soy el buen pastor,
mis ovejas escuchan mi voz
y devendrán
un solo rebaño y un solo redil.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Tercera Juan 1,9-15

He escrito alguna cosa a la Iglesia; pero Diótrefes, ese que ambiciona el primer puesto entre ellos, no nos recibe. Por eso, cuando vaya, le recordaré las cosas que está haciendo, criticándonos con palabras llenas de malicia; y como si no fuera bastante, tampoco recibe a los hermanos, impide a los que desean hacerlo y los expulsa de la Iglesia. Querido, no imites lo malo, sino lo bueno. El que obra el bien es de Dios; el que obra el mal no ha visto a Dios. Todos, y hasta la misma Verdad, dan testimonio de Demetrio. También nosotros damos testimonio y sabes que nuestro testimonio es verdadero. Tengo mucho que escribirte, pero no quiero hacerlo con tinta y pluma. Espero verte pronto y hablaremos de viva voz. La paz sea contigo. Los amigos te saludan. Saluda a los amigos, a cada uno en particular.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Les doy un mandamiento nuevo:
que se amen los unos a los otros.

Aleluya, aleluya, aleluya.

El "presbítero" empieza esta segunda parte de la epístola criticando la actitud de Diótrefes, que tal vez es el jefe de la comunidad y que el presbítero quiere que vuelva a comprender el verdadero sentido del servicio. Diótrefes parece realmente alejado de la sensibilidad del Evangelio que impone la ejemplaridad de conducta a quien guía la comunidad. En este caso se trata además de la actitud hacia los primeros predicadores itinerantes. Si se debe honor y acogida a todo extranjero, como recuerda la Epístola a los Hebreos, ¿acaso no se debe también a los hermanos en la fe que trabajan para comunicar el Evangelio? Podemos aplicarnos lo mismo también a nosotros hoy para recordar la atención y el respeto que debemos tener hacia aquellos que, en un mundo difícil y complejo como el nuestro, gastan su vida para comunicar el Evangelio, para edificar a las comunidades, para llevar consuelo y ayuda a los débiles. No pocas veces pasa que, estando dominados por nosotros mismos como estamos, en lugar de ayudar, ponemos obstáculos a estos hermanos nuestros con nuestra dureza, nuestra incomprensión o peor aún con nuestra indiferencia. Por eso es importante escuchar también hoy la advertencia de la epístola: "Querido, no imites lo malo, sino lo bueno". Deberíamos imitar el impulso evangélico de estos hermanos nuestros y comprometernos también nosotros para comunicarlo allí donde vivimos. Si actuamos así, venimos de Dios. Si permanecemos en nuestro egocentrismo, tiene razón la epístola: no vemos a Dios (v. 11). Demetrio, que tal vez es uno de estos misioneros, se presenta ante nosotros como un ejemplo, para que sigamos sus pasos. Se dice de él que todos dan testimonio. Eso es lo que se sucede a la comunidad cristiana cuando se hace testigo del amor a Dios y a los hombres. Eso es lo que hacía la primera comunidad de Jerusalén que gozaba de la "simpatía" de todo el pueblo.


30/08/2012
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