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La oración cada día


 
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Icono del Santo Rostro
Iglesia de San Egidio - Roma

Recuerdo de los atentados terroristas perpetrados en EEUU en 2001; recuerdo de las víctimas del terrorismo y de la violencia, y oración por la paz.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Espíritu del Señor está sobre ti,
el que nacerá de ti será santo.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Lucas 6,43-49

«Porque no hay árbol bueno que dé fruto malo y, a la inversa, no hay árbol malo que dé fruto bueno. Cada árbol se conoce por su fruto. No se recogen higos de los espinos, ni de la zarza se vendimian uvas. El hombre bueno, del buen tesoro del corazón saca lo bueno, y el malo, del malo saca lo malo. Porque de lo que rebosa el corazón habla su boca. «¿Por qué me llamáis: "Señor, Señor", y no hacéis lo que digo? «Todo el que venga a mí y oiga mis palabras y las ponga en práctica, os voy a mostrar a quién es semejante: Es semejante a un hombre que, al edificar una casa, cavó profundamente y puso los cimientos sobre roca. Al sobrevenir una inundación, rompió el torrente contra aquella casa, pero no pudo destruirla por estar bien edificada. Pero el que haya oído y no haya puesto en práctica, es semejante a un hombre que edificó una casa sobre tierra, sin cimientos, contra la que rompió el torrente y al instante se desplomó y fue grande la ruina de aquella casa.»

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

He aquí Señor, a tus siervos:
hágase en nosotros según tu Palabra.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Jesús, a través de la imagen del árbol bueno que da frutos buenos, quiere presentar cómo debe ser la vida del discípulo y de toda comunidad cristiana. Obviamente, si el árbol es malo solo podrá dar frutos malos. Es una imagen que habla por sí sola y que requiere de cada uno de nosotros un serio examen de conciencia, sobre todo cuando nos lamentamos de los pocos frutos que vemos a nuestro alrededor. La bondad o la maldad no son dimensiones vinculadas a una condición exterior o al carácter natural de cada uno. Están íntimamente ligadas al corazón. La difícil batalla entre el bien y el mal, entre la fe y el orgullo, se libra en el corazón. Por tanto, entre ser "buenos" o "malos". Y debemos tener en cuenta que nadie puede afirmar estar exento del pecado, de la debilidad, de la miseria interior. Lo que pide Jesús -y eso es evidente también en otros pasajes evangélicos- es que debemos prestar atención a nuestro corazón. Nuestro comportamiento, el modo en el que se desarrolla nuestra vida dependen del corazón. Dice Jesús: "El hombre bueno, del buen tesoro del corazón saca lo bueno, y el malo, del malo saca lo malo". Y en otra parte dice: "De dentro, del corazón de los hombres, salen las intenciones malas" (Mc 7,21). Obviamente de un corazón bueno salen propósitos buenos. Toda nuestra vida interior debe centrarse en cambiar nuestro corazón: se trata ante todo de eliminar todo instinto malo, toda cerrazón, todo intento de mirarse a uno mismo y sobre todo el orgullo que nos conduce a una falaz autosuficiencia. La edificación de nuestra vida, al igual que la de la comunidad cristiana, empieza escuchando con atención la Palabra de Dios, es decir dejando que sedimente en nuestro corazón para que dé fruto. Jesús termina el discurso con la parábola de la casa edificada sobre roca. Las palabras evangélicas, acogidas y puestas en práctica día a día, son como los cimientos para una casa. Cada día deben alimentar nuestra vida, nuestros pensamientos, nuestras decisiones, nuestras acciones. No basta con escucharlas una vez y luego dejarlas a un lado y tal vez olvidarlas, como sucede a menudo. De ese modo se nos escapa la fuerza de vida que nace directamente de las palabras del Señor. ¿Acaso se pueden dejar a un lado los cimientos de una casa? El Evangelio son los cimientos vivos del edificio de nuestra vida de cada día, hace que se mantenga firme contra el río impetuoso del mal que no deja de abatirse sobre nosotros.


11/09/2012
Memoria de la Madre del Señor


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