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La oración cada día


 
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Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Espíritu del Señor está sobre ti,
el que nacerá de ti será santo.

Aleluya, aleluya, aleluya.

2Crónicas 7,11-22

Acabó Salomón la Casa de Yahveh y la casa del rey y llevó a cabo todo cuanto se había propuesto hacer en la Casa de Yahveh y en su propia casa. Aparecióse entonces Yahveh a Salomón por la noche y le dijo: "He oído tu oración, y me he elegido este lugar como Casa de sacrificio. Si yo cierro el cielo y no llueve, si yo mando a la langosta devorar la tierra, o envío la peste entre mi pueblo; y mi pueblo, sobre el cual es invocado mi Nombre, se humilla, orando y buscando mi rostro, y se vuelven de sus malos caminos, yo les oiré desde los cielos, perdonaré su pecado y sanaré su tierra. Mis ojos estarán abiertos, y mis oídos atentos a la oración que se haga en este lugar; pues ahora he escogido y santificado esta Casa, para que en ella permanezca mi Nombre por siempre. Allí estarán mis ojos y mi corazón todos los días. Y en cuanto a ti, si andas en mi presencia como anduvo tu padre David, haciendo todo lo que he mandado y guardando mis decretos y mis sentencias, afianzaré el trono de tu realeza como pacté con tu padre David diciendo: "No te faltará un hombre que domine en Israel." Pero si os apartáis, abandonando los decretos y los mandamientos que os he dado, y vais a servir a otros dioses, postrándoos ante ellos, os arrancaré de mi tierra que os he dado; arrojaré de mi presencia esta Casa que yo he consagrado a mi Nombre y la haré objeto de proverbio y de escarnio entre todos los pueblos. Y esta Casa que es tan sublime vendrá a ser el espanto de todos los que pasen cerca de ella, de modo que dirán: "¿Por qué ha hecho así Yahveh a esta tierra y a esta Casa?" Y se responderá: "Porque abandonaron a Yahveh, el Dios de sus padres que los sacó de la tierra de Egipto, y han seguido a otros dioses, se han postrado ante ellos y les han servido; por eso ha hecho venir sobre ellos todo este mal.""

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

He aquí Señor, a tus siervos:
hágase en nosotros según tu Palabra.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Terminada la fiesta de la dedicación, Salomón recibe como regalo la visión de Dios que le habla. Es de noche, lo que destaca la intimidad del encuentro pero asimismo la severidad de todo lo que el Señor iba a decir a su siervo. Le asegura su presencia en el templo, una presencia vigilante y cálida. No sólo está atento con los ojos y con los oídos, sino también su corazón está en aquel lugar: "Mis ojos estarán abiertos, y mis oídos atentos a la oración que se haga en este lugar; pues ahora he escogido y santificado este templo para que en él permanezca mi Nombre por siempre. Allí estarán mis ojos y mi corazón todos los días". Son afirmaciones que conmueven por su fuerza de amor. Se comprende que el templo se acaba de construir, pero el verdadero lugar que el Señor quiere habitar es la asamblea de los creyentes, la Iglesia. Sí, el Señor está presente en medio de su pueblo. Jesús mismo lo dirá: "Porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos" (Mt 18,20). Y el apóstol Pablo, en esta línea, interpela a los corintios: "¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?" (1 Co 3,16). Pero la presencia de Dios no debe darse por descontada. No basta la sola pertenencia a la Iglesia como si fuera una etnia entre otras, un grupo entre los demás. La relación con el Señor pasa a través del corazón, a través de la fidelidad a su alianza, a través de la obediencia al pacto de amor establecido con él. Es un vínculo que toca las profundidades del corazón. El Señor se dirige a Salomón con severidad: "Pero si os apartáis, abandonando los decretos y los mandatos que os he dado, y vais a servir a otros dioses, postrándoos ante ellos, os arrancaré de mi tierra que os he dado, retiraré de mi presencia el templo que he consagrado a mi Nombre y lo convertiré en ejemplo y escarnio entre todos los pueblos". Son palabras duras: romper la alianza con Dios es el comienzo de innumerables desgracias. Renegar de ella significa trastornar no sólo la relación con Dios sino también la que hay entre los hombres y con la propia naturaleza. La severidad de las palabras corresponde a la gravedad de las consecuencias. Sin embargo hacen resaltar la grandeza del amor del Señor y la profundidad de su compromiso con el pueblo que se ha elegido. Es el propio amor de Dios el que es grande, muy grande. Y ha pagado el precio. Para liberar a su pueblo, el Señor a ha entablado una lucha dura contra el Faraón. Y sobre todo, su hijo ha salvado a los hombres con la sangre derramada sobre la cruz. Contemplando el Crucifijo podemos entender la radicalidad del amor de Dios por nosotros. De aquí la exigencia grande del amor evangélico. Debemos descubrir la dimensión heroica, de mártir. Y huir de la tentación de hacer insípida la sal y opaca la luz del Evangelio. No se trata de conocer mal nuestra debilidad y nuestras fragilidades. El Señor las conoce bien. Pero éstas no son obstáculo para la grandeza del amor. Sólo se nos pide una cosa: confiarnos totalmente a Dios. O sea, acoger en nuestro corazón al menos una gota del amor gratuito de Dios. Jesús nos presenta la medida del amor: "Que, como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros (Jn 13,34).


23/10/2012
Memoria de la Madre del Señor


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