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Icono del Santo Rostro
Iglesia de San Egidio - Roma

Recuerdo de san Nicolás († 350). Fue obispo en Asia menor (la actual Turquía), y es venerado en todo Oriente.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Yo soy el buen pastor,
mis ovejas escuchan mi voz
y devendrán
un solo rebaño y un solo redil.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Romanos 1,18-32

En efecto, la cólera de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que aprisionan la verdad en la injusticia; pues lo que de Dios se puede conocer, está en ellos manifiesto: Dios se lo manifestó. Porque lo invisible de Dios, desde la creación del mundo, se deja ver a la inteligencia a través de sus obras: su poder eterno y su divinidad, de forma que son inexcusables; porque, habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios ni le dieron gracias, antes bien se ofuscaron en sus razonamientos y su insensato corazón se entenebreció: jactándose de sabios se volvieron estúpidos, y cambiaron la gloria del Dios incorruptible por una representación en forma de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos, de reptiles. Por eso Dios los entregó a las apetencias de su corazón hasta una impureza tal que deshonraron entre sí sus cuerpos; a ellos que cambiaron la verdad de Dios por la mentira, y adoraron y sirvieron a la criatura en vez del Creador, que es bendito por los siglos. Amén. Por eso los entregó Dios a pasiones infames; pues sus mujeres invirtieron las relaciones naturales por otras contra la naturaleza; igualmente los hombres, abandonando el uso natural de la mujer, se abrasaron en deseos los unos por los otros, cometiendo la infamia de hombre con hombre, recibiendo en sí mismos el pago merecido de su extravío. Y como no tuvieron a bien guardar el verdadero conocimiento de Dios, entrególos Dios a su mente insensata, para que hicieran lo que no conviene: llenos de toda injusticia, perversidad, codicia, maldad, henchidos de envidia, de homicidio, de contienda, de engaño, de malignidad, chismosos, detractores, enemigos de Dios, ultrajadores, altaneros, fanfarrones, ingeniosos para el mal, rebeldes a sus padres, insensatos, desleales, desamorados, despiadados, los cuales, aunque conocedores del veredicto de Dios que declara dignos de muerte a los que tales cosas practican, no solamente las practican, sino que aprueban a los que las cometen.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Les doy un mandamiento nuevo:
que se amen los unos a los otros.

Aleluya, aleluya, aleluya.

El apóstol condena duramente la idolatría que lleva a alejarse de Dios y a conducir una vida perversa. Cada vez que viven como si Dios no existiera, los hombres caen en el abismo de la violencia y de la barbarie. Muchas veces los profetas y los salmos abordan la cuestión de la corrupción del mundo que deriva precisamente de la lejanía de Dios. Frente a la vastedad de la corrupción que ve a su alrededor, el apóstol Pablo evoca la ira de Dios. Se podría decir que el Señor no quiere dejarse burlar por el mal, que trata de destruir toda la creación. Él puso en la creación y en la historia los signos de su presencia, pero los hombres no los han reconocido y se han alejado de su justicia que salva, cayendo en manos de «las apetencias de su corazón hasta una impureza tal que deshonraron entre sí sus cuerpos». La ira de Dios –escribe Pablo– un día se abatirá sobre la humanidad pecadora, pero ya desde ahora «se revela». Y es una constatación que también nosotros podemos hacer en este tiempo: el mundo se ha alejado de Dios y no faltan guerras, conflictos, violencias, injusticias, desviaciones morales, atentados contra la dignidad misma del hombre. El hombre sigue sucumbiendo a la antigua tentación, la que empezó con Adán –¡y todos somos Adán!–, de ponerse en el lugar de Dios. Es el pecado del orgullo y del egocentrismo, origen de toda violencia y de todo mal: «Cambiaron la verdad de Dios por la mentira, y adoraron y sirvieron a la criatura en vez del Creador». Así, la vida de los hombres se disipa en multitud de preocupaciones y pasiones, y a todos les cuesta encontrar un camino para recorrer. Reconocer la propia lejanía de Dios y, por tanto, también la razón de su ira, es el inicio de la conversión a Él y del cambio de la vida.


06/12/2012
Memoria de la Iglesia


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