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Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Espíritu del Señor está sobre ti,
el que nacerá de ti será santo.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Romanos 2,25-29

Pues la circuncisión, en verdad, es útil si cumples la ley; pero si eres un transgresor de la ley, tu circuncisión se vuelve incircuncisión. Mas si el incircunciso guarda las prescripciones de la ley ¿no se tendrá su incircuncisión como circuncisión? Y el que, siendo físicamente incircunciso, cumple la ley, te juzgará a ti, que con la letra y la circuncisión eres transgresor de la ley. Pues no está en el exterior el ser judío, ni es circuncisión la externa, la de la carne. El verdadero judío lo es en el interior, y la verdadera circuncisión, la del corazón, según el espíritu y no según la letra. Ese es quien recibe de Dios la gloria y no de los hombres.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

He aquí Señor, a tus siervos:
hágase en nosotros según tu Palabra.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ya el Deuteronomio había hablado apasionadamente de la necesidad de una circuncisión no solo de la carne, sino del corazón: «Circuncidad vuestro corazón y no endurezcáis más vuestra cerviz, porque el Señor vuestro Dios es el Dios de los dioses y el Señor de los señores». Siguiendo el espíritu del texto del Deuteronomio, muchos profetas del Antiguo Testamento retomaron el tema de la circuncisión del corazón. Jeremías, por ejemplo, decía: «Circuncidaos para el Señor, extirpad los prepucios de vuestros corazones» (4,4). Toda la Escritura es una apasionada búsqueda que hace Dios del corazón del hombre, para que se una a él indisolublemente. Toda la historia de la salvación está marcada por la búsqueda del hombre por parte de Dios. Podríamos decir que la historia de la salvación es todo un «descenso»; es la aproximación de Dios a cada uno de nosotros para llevarnos hacia el cielo, para «hacernos subir» hacia la comunión con Él. La respuesta del hombre al amor de Dios es la otra cara de esta historia de amor comenzada de forma libre y gratuita por Dios mismo. El apóstol Pablo, en la nueva perspectiva abierta por la fe en Cristo, que no anula el corazón de esta historia de amor sino que la lleva a cumplimiento, recuerda que lo que importa a los ojos del Señor es precisamente la autenticidad de nuestra adhesión a Dios y no la pertenencia al pueblo que el Señor había elegido. La circuncisión verdadera –reafirma el apóstol– es la interior, la del corazón y del espíritu. Esta es la «circuncisión» cristiana, que tiene sus raíces en el corazón y no en la carne. Es más, en la Epístola a los Filipenses, dejándose llevar por un acento casi polémico, llega a decir que los verdaderos circuncisos son los cristianos: «Los verdaderos circuncisos somos nosotros, los que damos culto en el Espíritu de Dios y nos gloriamos en Cristo Jesús sin poner nuestra confianza en la carne» (3,3).


11/12/2012
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