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La oración cada día


 
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Icono del Santo Rostro
Iglesia de San Egidio - Roma

Fiesta del Cristo negro de Esquipulas, en Guatemala, venerado en todo Centro América.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Espíritu del Señor está sobre ti,
el que nacerá de ti será santo.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Romanos 6,12-14

No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal de modo que obedezcáis a sus apetencias. Ni hagáis ya de vuestros miembros armas de injusticia al servicio del pecado; sino más bien ofreceos vosotros mismos a Dios como muertos retornados a la vida; y vuestros miembros, como armas de justicia al servicio de Dios. Pues el pecado no dominará ya sobre vosotros, ya que no estáis bajo la ley sino bajo la gracia.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

He aquí Señor, a tus siervos:
hágase en nosotros según tu Palabra.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Pablo afirma que el pecado ya no tiene el dominio absoluto sobre la vida de los discípulos. Estos reciben la fuerza y la energía suficientes para hacerle frente. Por tanto, el apóstol exhorta a escoger entre la esclavitud de los deseos terrenales que caracterizan al hombre viejo, y la obediencia a Dios y al Espíritu, propia del hombre nuevo que surge de la unión con Jesús. Quien se somete al pecado se convierte en un esclavo. Sin embargo, quien escoge ofrecerse a Dios realiza su salvación gracias a una atención vigilante y perseverante ante lo que ya pertenece al pasado. La vida del creyente es siempre una lucha entre estas dos fuerzas; la misma lucha que Jesús vivió para combatir el mal hasta derrotarlo. A través de su muerte y resurrección, Jesús privó al pecado de su fuerza imparable. El mal ha perdido su primacía, pero permanece siempre al acecho, como escribe el libro del Génesis: «Si no obras bien, a la puerta está el pecado acechando» (4,7). Escogiendo obedecer al Espíritu, la vida del creyente se convierte en una ofrenda generosa y alegre al Señor y a los hermanos. El mismo Jesús vivió su existencia terrenal como una ofrenda total al Padre por la salvación de cada hombre. Nosotros, discípulos de la última hora, estamos llamados a seguirlo por este mismo camino. Es la única manera de librarnos del dominio del pecado que intenta someternos de cualquier modo a sus deseos. Pero el Señor, que conoce nuestra debilidad, nos da su gracia en abundancia.


15/01/2013
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