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La oración cada día


 
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Icono del Santo Rostro
Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ustedes son una estirpe elegida,
un sacerdocio real, nación santa,
pueblo adquirido por Dios
para proclamar sus maravillas.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Romanos 6,15-23

Pues ¿qué? ¿Pecaremos porque no estamos bajo la ley sino bajo la gracia? ¡De ningún modo! ¿No sabéis que al ofreceros a alguno como esclavos para obedecerle, os hacéis esclavos de aquel a quien obedecéis: bien del pecado, para la muerte, bien de obediencia, para la justicia? Pero gracias a Dios, vosotros, que erais esclavos del pecado, habéis obedecido de corazón a aquel modelo de doctrina al que fuisteis entregados, y liberados del pecado, os habéis hecho esclavos de la justicia. - Hablo en términos humanos, en atención a vuestra flaqueza natural -. Pues si en otros tiempos ofrecisteis vuestros miembros como esclavos a la impureza y al desorden hasta desordenaros, ofrecedlos igualmente ahora a la justicia para la santidad. Pues cuando erais esclavos del pecado, erais libres respecto de la justicia. ¿Qué frutos cosechasteis entonces de aquellas cosas que al presente os avergüenzan? Pues su fin es la muerte. Pero al presente, libres del pecado y esclavos de Dios, fructificáis para la santidad; y el fin, la vida eterna. Pues el salario del pecado es la muerte; pero el don gratuito de Dios, la vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ustedes serán santos
porque yo soy santo, dice el Señor.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Con gran eficacia, el apóstol compara dos libertades: la que deriva de una existencia que pone en el centro a uno mismo, y la existencia que, por el contrario, sigue al Señor. La libertad sin Dios y sin los hermanos solo trae frutos amargos y desordenados, porque nos hace esclavos de nuestras costumbres y de nuestro orgullo, y nos hace sucumbir al pecado y al mal. Además, la salvación no viene de nosotros mismos ni de nuestras obras. Al contrario, la libertad que es hija del Evangelio nos hace estar disponibles a servir a Dios y a los hermanos. Esta libertad nace cuando acogemos en nosotros el amor que Dios derrama en nuestros corazones y que por su fuerza justifica y salva. Aún más, llena de gozo la vida. El mismo Pablo, al finalizar el discurso a los ancianos de Éfeso, recuerda una frase de Jesús: «Mayor felicidad hay en dar que en recibir». Sin miedo a exagerar, el apóstol puede afirmar que somos como «esclavos» de Dios y de su justicia, pero se trata de una «esclavitud» saludable que hace surgir frutos de paz, de plenitud y de vida eterna para uno mismo y para el mundo. Por eso Pablo afirma con audacia: «Liberados del pecado, os habéis hecho esclavos de la justicia». El pecado no deja espacio para la misericordia divina, pero cuando acogemos la justicia que salva, hay un amplio espacio para la santidad. Quien ha elegido la vida del Señor resucitado no se avergüenza.


16/01/2013
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