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La oración cada día


 
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Icono del Santo Rostro
Iglesia de San Egidio - Roma

Recuerdo de don Andrea Santoro, sacerdote romano asesinado en Trebisonda, Turquía.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Espíritu del Señor está sobre ti,
el que nacerá de ti será santo.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Romanos 14,1-23

Acoged bien al que es débil en la fe, sin discutir opiniones. Uno cree poder comer de todo, mientras el débil no come más que verduras. El que come, no desprecie al que no come; y el que no come, tampoco juzgue al que come, pues Dios le ha acogido. ¿Quién eres tú para juzgar al criado ajeno? Que se mantenga en pie o caiga sólo interesa a su amo; pero quedará en pie, pues poderoso es el Señor para sostenerlo. Este da preferencia a un día sobre todo; aquél los considera todos iguales. ¡Aténgase cada cual a su conciencia! El que se preocupa por los días, lo hace por el Señor; el que come, lo hace por el Señor, pues da gracias a Dios: y el que no come, lo hace por el Señor, y da gracias a Dios. Porque ninguno de nosotros vive para sí mismo; como tampoco muere nadie para sí mismo. Si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Así que, ya vivamos ya muramos, del Señor somos. Porque Cristo murió y volvió a la vida para eso, para ser Señor de muertos y vivos. Pero tú ¿por qué juzgas a tu hermano? Y tú ¿por qué desprecias a tu hermano? En efecto, todos hemos de comparecer ante el tribunal de Dios, pues dice la Escritura: ¡Por mi vida!, dice el Señor, que toda rodilla se doblará ante mí, y toda lengua bendecirá a Dios. Así pues, cada uno de vosotros dará cuenta de sí mismo a Dios. Dejemos, por tanto, de juzgarnos los unos a los otros: juzgad más bien que no se debe poner tropiezo o escándalo al hermano. - Bien sé, y estoy persuadido de ello en el Señor Jesús, que nada hay de suyo impuro; a no ser para el que juzga que algo es impuro, para ése si lo hay -. Ahora bien, si por un alimento tu hermano se entristece, tú no procedes ya según la caridad. ¡Que por tu comida no destruyas a aquel por quien murió Cristo! Por tanto, no expongáis a la maledicencia vuestro privilegio. Que el Reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia y paz y gozo en el Espíritu Santo. Toda vez que quien así sirve a Cristo, se hace grato a Dios y aprobado por los hombres. Procuremos, por tanto, lo que fomente la paz y la mutua edificación. No vayas a destruir la obra de Dios por un alimento. Todo es puro, ciertamente, pero es malo comer dando escándalo. Lo bueno es no comer carne, ni beber vino, ni hacer cosa que sea para tu hermano ocasión de caída, tropiezo o debilidad. La fe que tú tienes, guárdala para ti delante de Dios. ¡Dichoso aquel que no se juzga culpable a sí mismo al decidirse! Pero el que come dudando, se condena, porque no obra conforme a la fe; pues todo lo que no procede de la buena fe es pecado.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

He aquí Señor, a tus siervos:
hágase en nosotros según tu Palabra.

Aleluya, aleluya, aleluya.

En la comunidad cristiana de Roma estaban, como también sucedía en Corinto, los «fuertes», es decir los que se consideraban libres de todo lazo con la tradición, y los «débiles», los que aún vivían según las normas ligadas al ambiente judeocristiano. La disputa se concentraba sobre todo en la cuestión de las prohibiciones relacionadas con los alimentos. Pablo repite casi textualmente las enseñanzas de Jesús: ningún alimento es inmundo en sí mismo, todos los alimentos son un don del Señor a sus hijos. La gravedad de la situación provenía del hecho que los dos grupos se dirigían fuertes acusaciones recíprocas. Pablo dirige palabras severas a los discípulos que con arrogancia y orgullo juzgan a los demás y los desprecian. Ellos disipan la energía de la comunión que se les ha donado y debilitan la propia comunidad. De hecho, cada vez que se prefieren los propios juicios e ideas a impulsar la unidad se termina por amar lo que divide y despreciar lo que edifica. El apóstol recuerda a los cristianos la primacía de la fraternidad y la comunión en la vida de los discípulos: a estos se les exhorta ante todo a vivir para el Señor y su Evangelio, y no para sí mismos o para sus ideas. El Evangelio y solamente el Evangelio es la fuente y la razón misma de la comunión entre los creyentes. La comunión no se construye discutiendo la observancia de los ritos y los preceptos, ni tampoco afirmando la «fuerza» del propio orgullo, sino con la «debilidad» de una vida empeñada en salvar la fraternidad en la comunidad cristiana. Lo que salva la comunión es siempre y solamente el amor de Dios acogido en el corazón y practicado cada día. Es un deber prioritario para los discípulos custodiar y defender el amor fraterno que reciben de lo alto: es el bien más precioso a preservar. En esto –dice Jesús– reconocerán que somos sus discípulos.


05/02/2013
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