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Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Espíritu del Señor está sobre ti,
el que nacerá de ti será santo.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Primera Corintios 1,1-9

Pablo, llamado a ser apóstol de Cristo Jesús por la voluntad de Dios, y Sóstenes, el hermano, a la Iglesia de Dios que está en Corinto: a los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos, con cuantos en cualquier lugar invocan el nombre de Jesucristo, Señor nuestro, de nosotros y de ellos gracia a vosotros y paz de parte de Dios, Padre nuestro, y del Señor Jesucristo. Doy gracias a Dios sin cesar por vosotros, a causa de la gracia de Dios que os ha sido otorgada en Cristo Jesús, pues en él habéis sido enriquecidos en todo, en toda palabra y en todo conocimiento, en la medida en que se ha consolidado entre vosotros el testimonio de Cristo. Así, ya no os falta ningún don de gracia a los que esperáis la Revelación de nuestro Señor Jesucristo. El os fortalecerá hasta el fin para que seáis irreprensibles en el Día de nuestro Señor Jesucristo. Pues fiel es Dios, por quien habéis sido llamados a la comunión con su hijo Jesucristo, Señor nuestro.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

He aquí Señor, a tus siervos:
hágase en nosotros según tu Palabra.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Pablo, apóstol, junto a Sóstenes, como si quisiera obedecer al mandamiento de Jesús de ir «de dos en dos», envía una carta a la «Iglesia de Dios que está en Corinto». Ciertamente, en Corinto conocían la palabra ecclesia: indicaba la reunión de los habitantes de una ciudad que gozaban de pleno derecho de ciudadanía. Pablo, al llamar a los cristianos de Corinto «Iglesia de Dios», quería hacer comprender que eran una asamblea, una comunidad, reunida por Dios en la ciudad de Corinto. Existe por tanto un vínculo entre la Iglesia y la ciudad. En efecto, independientemente del número de sus miembros, la Iglesia tiene ante sí el horizonte de la ciudad: los creyentes deben darle testimonio del Evangelio. Por tanto no son una isla, un grupo autosuficiente que se basta a sí mismo: Dios los ha elegido y los ha hecho «santos», es decir «separados», para unirlos a «cuantos en cualquier lugar invocan el nombre de Jesucristo, Señor nuestro». Por eso la comunidad local no puede prescindir de las demás comunidades esparcidas por el mundo. Ante los ojos de Pablo se presenta el gran misterio del pueblo que el Señor ha reunido a su alrededor desde todos los lugares de la tierra. Es el sentido de esa universalidad –hoy se diría globalización– innata en la fe cristiana. Esto no reduce la atención del apóstol hacia la comunidad de Corinto; al contrario, Pablo da gracias al Señor por los progresos que ha realizado. Sus palabras permiten comprender que a la generosidad de la respuesta al Evangelio por parte de los corintios ha correspondido la generosidad del Señor derramando sobre ellos sus dones: «Habéis sido enriquecidos en todo, en toda palabra y conocimiento, en la medida en que se ha consolidado entre vosotros el testimonio de Cristo». La comunidad de Corinto no parecía ser tibia o apagada, sino que se mostraba «enriquecida» en amor. El apóstol explica el motivo: se había consolidado entre ellos la «comunión» con Jesús. Jesús lo había dicho a sus discípulos: «El que permanece en mí da mucho fruto».


12/02/2013
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