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Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Gloria a ti, oh Señor, sea gloria a ti

El Espíritu del Señor está sobre ti,
el que nacerá de ti será santo.

Gloria a ti, oh Señor, sea gloria a ti

Primera Corintios 9,1-18

¿No soy yo libre? ¿No soy yo apóstol? ¿Acaso no he visto yo a Jesús, Señor nuestro? ¿No sois vosotros mi obra en el Señor? Si para otros no soy yo apóstol, para vosotros sí que lo soy; pues ¡vosotros sois el sello de mi apostolado en el Señor! He aquí mi defensa contra mis acusadores. ¿Por ventura no tenemos derecho a comer y beber? ¿No tenemos derecho a llevar con nosotros una mujer cristiana, como los demás apóstoles y los hermanos del Señor y Cefas? ¿Acaso únicamente Bernabé y yo estamos privados del derecho de no trabajar? ¿Quién ha militado alguna vez a cosa propia? ¿Quién planta una viña y no come de sus frutos? ¿Quién apacienta un rebaño y no se alimenta de la leche del rebaño? ¿Hablo acaso al modo humano o no lo dice también la Ley? Porque está escrito en la Ley de Moisés: «No pondrás bozal al buey que trilla.» ¿Es que se preocupa Dios de los bueyes? O bien, ¿no lo dice expresamente por nosotros? Por nosotros ciertamente se escribió, pues el que ara, en esperanza debe arar; y el que trilla, con la esperanza de recibir su parte. Si en vosotros hemos sembrado bienes espirituales, ¡qué mucho que recojamos de vosotros bienes materiales! Si otros tienen estos derechos sobre vosotros, ¿no los tenemos más nosotros? Sin embargo, nunca hemos hecho uso de estos derechos. Al contrario, todo lo soportamos para no crear obstáculo alguno al Evangelio de Cristo. ¿No sabéis que los ministros del templo viven del templo? ¿Que los que sirven al altar, del altar participan? Del mismo modo, también el Señor ha ordenado que los que predican el Evangelio vivan del Evangelio. Mas yo, de ninguno de esos derechos he hecho uso. Y no escribo esto para que se haga así conmigo. ¡Antes morir que...! Mi timbre de gloria ¡nadie lo eliminará! Predicar el Evangelio no es para mí ningún motivo de gloria; es más bien un deber que me incumbe. Y ¡ay de mí si no predicara el Evangelio! Si lo hiciera por propia iniciativa, ciertamente tendría derecho a una recompensa. Mas si lo hago forzado, es una misión que se me ha confiado. Ahora bien, ¿cuál es mi recompensa? Predicar el Evangelio entregándolo gratuitamente, renunciando al derecho que me confiere el Evangelio.

 

Gloria a ti, oh Señor, sea gloria a ti

He aquí Señor, a tus siervos:
hágase en nosotros según tu Palabra.

Gloria a ti, oh Señor, sea gloria a ti

Pablo aquí habla de él mismo, de su carisma apostólico. Se ve obligado a defenderse de incomprensiones malvadas promovidas por algunos cristianos que querían limitar su autoridad apostólica. Para Pablo no se trataba de defender una cuestión privada. De hecho, minando su autoridad o no reconociendo su carisma, se ponía en peligro la unidad de toda la comunidad cristiana, y por tanto su estabilidad. No puede existir una comunidad cristiana sin un referente paterno. Pablo es, como los demás apóstoles y evangelizadores, el padre de la comunidad de Corinto. Les dice: «¿No sois vosotros mi obra en el Señor? Si para otros no soy yo apóstol, para vosotros sí que lo soy; ¡vosotros sois el sello de mi apostolado en el Señor!» (vv. 1-2). Por eso también debería tener derecho a ser mantenido en lo material, como justamente lo eran muchos otros. Él quiso renunciar, pero no por vanagloria o por afán de novedad, sino para subrayar su plena libertad, es más, la plena gratuidad en el anuncio del Evangelio. El apóstol, renunciando al derecho a la recompensa, manifiesta con extrema claridad la gratuidad de su predicación. Además, –se podría añadir–, no hay precio alguno que haga merecer el Evangelio, para poder aspirar al amor de Dios. De hecho no se trata de un mérito de Pablo, la predicación no es fruto de su bondad, de su buena disposición. Él ha recibido un don de Dios, una fuerza interior –eso es el «carisma»– que le impulsa a comunicar el Evangelio: «Predicar el Evangelio no es para mí ningún motivo de gloria; es más bien un deber que me incumbe. ¡Ay de mí si no predico el Evangelio!». Y la única recompensa que pretende es la de continuar anunciándolo gratuitamente. Con gran vigor el apóstol se pone como ejemplo de la gratuidad evangélica para cada uno de los creyentes, sobre todo en un mundo como el actual donde todo se comercializa.


05/03/2013
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