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Icono del Santo Rostro
Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ustedes son una estirpe elegida,
un sacerdocio real, nación santa,
pueblo adquirido por Dios
para proclamar sus maravillas.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Segunda Corintios 4,1-6

Por esto, misericordiosamente investidos de este ministerio, no desfallecemos. Antes bien, hemos repudiado el silencio vergonzoso no procediendo con astucia, ni falseando la Palabra de Dios; al contrario, mediante la manifestación de la verdad nos recomendamos a nosotros mismos a toda conciencia humana delante de Dios. Y si todavía nuestro Evangelio está velado, lo está para los que se pierden, para los incrédulos, cuyo entendimiento cegó el dios de este mundo para impedir que vean brillar el resplandor del Evangelio de la gloria de Cristo, que es imagen de Dios. No nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús como Señor, y a nosotros como siervos vuestros por Jesús. Pues el mismo Dios que dijo: De las tinieblas brille la luz, ha hecho brillar la luz en nuestros corazones, para irradiar el conocimiento de la gloria de Dios que está en la faz de Cristo.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ustedes serán santos
porque yo soy santo, dice el Señor.

Aleluya, aleluya, aleluya.

De nuevo Pablo insiste en el ministerio que le ha sido confiado. Es consciente de que la misericordia de Dios lo había elegido para comunicar el Evangelio a los hombres. No es un ministro del Evangelio por obra suya, o por su decisión, sino porque es llamado desde lo alto. Por eso no tiene miedo de reivindicar la sinceridad de su anuncio y de recordar la franqueza con la que lo hizo sin falsificar su contenido y sin rebajar su fuerza. En la primera Epístola a los Tesalonicenses escribe: «Nuestra exhortación no procede del error, ni de intenciones dudosas…Nunca nos presentamos, bien lo sabéis, con palabras aduladoras, ni con pretextos de codicia, Dios es testigo» (1Ts 2,3.5). Pero en Corinto hay quien no piensa con sinceridad. Ya al final del capítulo tres, Pablo hablaba de los que mercadean con la Palabra de Dios; ahora habla incluso de una posible falsificación. Lógicamente, no basta con pertenecer a la Iglesia, o a la comunidad, para ser inmune al orgullo, a la envidia y a la crítica. Estos instintos son los que «ciegan» la mirada y no permiten ver el Evangelio en su claridad. Jesús había dicho: «Si tu ojo…». Solo si dirigimos los ojos del corazón hacia Jesús podremos comprender el misterio de Dios y probar su fuerza. En el mismo sentido Jesús había dicho: «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre» (Jn 14,9). Y Pablo reivindica su predicación sobre la centralidad de Jesús para la vida de la comunidad: «No nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús como Señor» (v. 5). Y él se presenta como su «siervo» por amor de Jesús, aquel Jesús que se le apareció glorioso, lleno de luz hasta el punto de cegarlo, de camino a Damasco.


10/04/2013
Memoria de los santos y de los profetas


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