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Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Quien vive y cree en mí
no morirá jamas.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Segunda Corintios 12,11-21

¡Vedme aquí hecho un loco! Vosotros me habéis obligado. Pues vosotros debíais recomendarme, porque en nada he sido inferior a esos «superapóstoles», aunque nada soy. Las características del apóstol se vieron cumplidas entre vosotros: paciencia perfecta en los sufrimientos y también señales, prodigios y milagros. Pues ¿en qué habéis sido inferiores a las demás Iglesias, excepto en no haberos sido yo gravoso? ¡Perdonadme este agravio! Mirad, es la tercera vez que estoy a punto de ir a vosotros, y no os seré gravoso, pues no busco vuestras cosas sino a vosotros. Efectivamente, no corresponde a los hijos atesorar para los padres, sino a los padres atesorar para los hijos. Por mi parte, muy gustosamente gastaré y me desgastaré totalmente por vuestras almas. Amándoos más ¿seré yo menos amado? Es verdad, en nada os fui gravoso; pero en mi astucia, os capturé con dolo. ¿Acaso os exploté por alguno de los que os envié? Invité a Tito y mandé con él al hermano. ¿Os ha explotado acaso Tito? ¿No hemos obrado según el mismo espíritu? ¿No hemos seguido las mismas huellas? Hace tiempo, pensáis, que nos estamos justificando delante de vosotros. Delante de Dios, en Cristo, estamos hablando. Y todo esto, queridos míos, para edificación vuestra. En efecto, temo que a mi llegada no os encuentre como yo querría; ni me encontréis como querríais: que haya discordias, envidias, iras, disputas, calumnias, murmuraciones, insolencias, desórdenes. Temo que en mi próxima visita el Señor me humille por causa vuestra y tenga que llorar por muchos que anteriormente pecaron y no se convirtieron de sus actos de impureza, fornicación y libertinaje.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Si tú crees, verás la gloria de Dios,
dice el Señor.

Aleluya, aleluya, aleluya.

El discurso de defensa ha terminado y Pablo muestra a los corintios su verdadero rostro, el de un padre. Es plenamente consciente del valor del Evangelio que ha anunciado y de la fuerza que viene del Señor. Por eso no se avergüenza en absoluto de insistir ante los corintios en la defensa de su presencia entre ellos. Él les ama como nadie más, porque les ha engendrado a la vida cristiana con «signos, prodigios y milagros» (v. 12). No solo no les ha pedido ayuda económica, como pretenden hace aquellos «superapóstoles», sino que se ha prodigado en el amor y, con ironía, pide perdón por esta «injusticia» (v.13). Les advierte que irá nuevamente con ellos para buscar no «vuestras cosas sino a vosotros» (v. 14). Pablo quiere el corazón de los fieles de Corinto, quiere su amor, su obediencia al Evangelio de Cristo. Esta es la verdadera realidad de la vida cristiana y Pablo se presenta como aquellos padres que se prodigan gustosamente por sus hijos, que les dan todo lo que necesitan. Esto solo por amor, hasta el punto de que escribe: «Amándoos más ¿seré yo menos amado?» (v.15). Esta petición de amor es conmovedora. No se trata de una fría reciprocidad, como nosotros pensamos mezquinamente a menudo. Pero no hay duda de que haremos bien en responder con la misma gratuidad al amor que lo da todo gratuitamente. En cualquier caso, el apóstol continuará su predicación gratuita del Evangelio y continuará unido de manera muy particular a la comunidad de Corinto. Emerge en estas afirmaciones la pasión misionera del discípulo de Jesús, que no comunica de manera abstracta e impersonal el Evangelio. El apóstol lo comunica uniéndose personalmente, diría visceralmente, a la comunidad, preocupándose y amando a los hermanos que ha engendrado en el nombre del Señor. La comunicación del Evangelio y el amor por los hermanos que esta ha generado no se pueden separar. No puede haber una comunicación del Evangelio si se vive de manera abstracta. En esta línea Pablo envía a sus discípulos aquí y allí para mantener vivo el vínculo personal a través del cual también se genera la fe. No hace falta un libro, sino apóstoles y hermanos que sepan hacer llegar el Evangelio de Cristo al corazón. El Evangelio comunicado personalmente con amor, y a menudo entre dificultades y tribulaciones, lleva a cabo milagros en la vida de los que lo acogen. El primero de los milagros es la comunión entre aquellos que estaban dispersos. Y el apóstol espera encontrarla fortalecida cuando llegue donde los corintios.


27/04/2013
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