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Sostiene la Comunidad

  

La oración cada día


 
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Icono del Santo Rostro
Iglesia de San Egidio - Roma

Recuerdo del profeta Isaías


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Yo soy el buen pastor,
mis ovejas escuchan mi voz
y devendrán
un solo rebaño y un solo redil.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Colosenses 1,3-8

Damos gracias sin cesar a Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, por vosotros en nuestras oraciones, al tener noticia de vuestra fe en Cristo Jesús y de la caridad que tenéis con todos los santos, a causa de la esperanza que os está reservada en los cielos y acerca de la cual fuisteis ya instruidos por la Palabra de la verdad, el Evangelio, que llegó hasta vosotros, y fructifica y crece entre vosotros lo mismo que en todo el mundo, desde el día en que oísteis y conocisteis la gracia de Dios en la verdad: tal como os la enseñó Epafras, nuestro querido consiervo y fiel ministro de Cristo, en lugar nuestro, el cual nos informó también de vuestro amor en el Espíritu.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Les doy un mandamiento nuevo:
que se amen los unos a los otros.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Pablo incluye en sus saludos también a Timoteo y da gracias a Dios «sin cesar» por la fe de los cristianos de Colosas. Ha oído hablar de la vitalidad de la comunidad y sintetiza la vida alrededor de los tres pilares que la sostienen: la fe, la caridad y la esperanza. El primero es la «fe en Cristo Jesús», es decir, la acogida de Jesús como el verdadero bien y el único Señor y salvador. El segundo es la caridad, es decir, el amor que el discípulo recibe de Cristo y que le empuja a considerar a los demás como hermanos, como miembros de la única familia de Dios, eliminando así todo límite al amor evangélico para que sea fermento de unidad en el mundo entero. Para el apóstol la esperanza es este término final de la unidad de todos. Dicha meta final, ya presente en el resucitado, es lo que sostiene la fe y que impulsa a mantener vivo el amor fraterno. El creyente, que mediante el bautismo es sumergido en el misterio de Cristo muerto y resucitado, vive ya «con Cristo» (3,3); por tanto se encuentra desde ahora donde está el resucitado, aunque deba esperar aún su manifestación plena. Pero al igual que la semilla contiene ya todo su futuro y espera su realización plena, lo mismo sucede para el cristiano que recibe el bautismo. Cuando Pablo cita en la acción de gracias inicial los tres pilares que son la esencia de la vida cristiana, deja ver su preocupación por una comunidad que corre el riesgo de dejarse corromper por falsas seguridades. Les vuelve a llamar a lo esencial: a la relación personal con Cristo y a la comunión fraterna. Este Evangelio, afirma el apóstol, no engaña sino que es digno de confianza y ya está dando sus frutos. El apóstol piensa no solo en los colosenses sino también en las otras comunidades que están naciendo en otras zonas del imperio romano. Ante sus ojos, y por tanto también ante sus alegrías y sus preocupaciones, observa que el único Evangelio se encarna en muchas comunidades locales para dar vida a la única Iglesia. Cierto que en la época del apóstol la difusión del cristianismo era aún limitada, pero ya aparecía con claridad su dimensión universal. Por lo demás, Jesús había comparado el Reino de los cielos con un grano de mostaza, el más pequeño entre las semillas, que se habría hecho tan grande como un árbol. En cualquier caso, el crecimiento de la comunidad es posible solo si permanece unida a la savia de la semilla o a la fuerza de la levadura. Pablo y Timoteo han aprendido de Epafras, fundador de la comunidad de Colosas, que la obra del Espíritu Santo (es la única vez que se menciona en la Carta) está viva en el corazón de cada uno. Es verdaderamente una comunidad con buena salud, es decir, una Iglesia que sigue escuchando el Evangelio y poniéndolo en práctica. En tal sentido, la relación que ellos tienen con Epafras les une también a Pablo y a Timoteo realizando así aquella fraternidad eclesial que es la fuerza que cambia el mundo.


09/05/2013
Memoria de la Iglesia


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