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La oración cada día


 
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Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Yo soy el buen pastor,
mis ovejas escuchan mi voz
y devendrán
un solo rebaño y un solo redil.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Colosenses 3,18-4,1

Mujeres, sed sumisas a vuestros maridos, como conviene en el Señor. Maridos, amad a vuestras mujeres, y no seáis ásperos con ellas. Hijos, obedeced en todo a vuestros padres, porque esto es grato a Dios en el Señor. Padres, no exasperéis a vuestros hijos, no sea que se vuelvan apocados. Esclavos, obedeced en todo a vuestros amos de este mundo, no porque os vean, como quien busca agradar a los hombres; sino con sencillez de corazón, en el temor del Señor. Todo cuanto hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres, conscientes de que el Señor os dará la herencia en recompensa. El Amo a quien servís es Cristo. El que obre la injusticia, recibirá conforme a esa injusticia; que no hay acepción de personas. Amos, dad a vuestros esclavos lo que es justo y equitativo, teniendo presente que también vosotros tenéis un Amo en el cielo.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Les doy un mandamiento nuevo:
que se amen los unos a los otros.

Aleluya, aleluya, aleluya.

La invitación a extender la novedad del Evangelio que se experimenta en la comunidad cristiana en cada situación de la vida cotidiana (3,17) lleva al apóstol a considerar el caso de la familia. En aquella época la sumisión de la mujer al marido se veía como expresión del orden natural pero el apóstol añade «en el Señor» para indicar que la primera relación entre hombre y mujer es la marcada por el amor que viene del Señor y por tanto la sumisión se entiende como fruto del amor recíproco entre una y otro. Por tanto Pablo desciende hasta lo profundo del ser del hombre y de su tensión de relación hacia el otro. A la mujer el apóstol le pide que tenga un comportamiento mucho más profundo hacia el marido que el que se tiene naturalmente, por tanto que se comporte según el Evangelio que ha hecho un «hermano» en Cristo. La fraternidad cristiana ha arrancado de raíz todo tipo de jerarquía humana. El apóstol exige también al marido lo que pide a la mujer. El apóstol, para indicar la «nueva» relación que debe imperar entre los dos emplea el término griego agape que se refiere al vínculo de la perfección (3,14). Por tanto, los cónyuges deben amarse como Cristo les ama y lo mismo debe ocurrir también con los hijos, a quienes Pablo presenta a Jesús como modelo en la obediencia. A los padres les pide que no sean demasiado severos en la corrección de sus hijos. En resumen, se puede decir que el amor de Cristo debe presidir las relaciones familiares. Los propios esclavos, que formaban parte de la familia, deben seguir esta lógica evangélica y, también en este caso, el apóstol, sin subvertir el orden social, lo cambia de raíz pues anima a los esclavos a comportarse según el Evangelio, o sea, a obrar temiendo al Señor que da sentido y valor a la vida del amo y del esclavo. Aunque permanezca en su condición, el esclavo recibe aquella libertad interior que le permite obedecer al amo con el «corazón»; pero no debe considerarle por encima de Jesús sino en la fraternidad evangélica. Todos, esclavos y amos, deberán presentarse ante el juez divino respondiendo de sus vidas (v. 25) y todos seremos juzgados conforme al amor. Por esto los amos no tienen que abusar de sus privilegios, recordando que también ellos tienen un amo en el cielo que les guiará con justicia.


23/05/2013
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