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La oración cada día


 
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Icono del Santo Rostro
Iglesia de San Egidio - Roma

Recuerdo de san Agustín de Canterbury (+605 ca.), obispo, padre de la Iglesia inglesa.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Este es el Evangelio de los pobres,
la liberación de los prisioneros,
la vista de los ciegos,
la libertad de los oprimidos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Hebreos 1,1-4

Muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los Profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo a quien instituyó heredero de todo, por quien también hizo los mundos; el cual, siendo resplandor de su gloria e impronta de su sustancia, y el que sostiene todo con su palabra poderosa, después de llevar a cabo la purificación de los pecados, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas, con una superioridad sobre los ángeles tanto mayor cuanto más les supera en el nombre que ha heredado.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Hijo del hombre,
ha venido a servir,
quien quiera ser grande
se haga siervo de todos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

El autor sabe que el núcleo de la fe cristiana radica en la decisión de Dios de entrar en diálogo con los hombres. La Sagrada Escritura no es más que la historia de la revelación de Dios al hombre. Con la Escritura, el diálogo de Dios con los hombres continúa hasta nuestros días. La misma epístola es una continuación de aquel diálogo. El texto se presenta como una exhortación homilética dirigida a los cristianos de la primera o segunda generación, aunque, puesto que el Señor continúa hablando aún hoy, esta Epístola también está dirigida a nosotros, para recordarnos que no debemos dejar de escuchar. El autor lamenta que los cristianos tengan una especie de pereza por escuchar, hasta el punto que se convierten en «torpes de oído» (5,11). Hay en estas palabras una clara invitación a redescubrir la posición central que tiene la Palabra de Dios en nuestra vida. Para Israel también fue fundamental escuchar a Dios. Es más: su historia empezó precisamente cuando Dios decidió hablar a los antiguos padres de Israel: «Muchas veces y de muchas maneras, destaca el autor, habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los profetas». Efectivamente, al pueblo de Israel jamás le ha faltado la palabra de Dios, tanto en los momentos felices como en los momentos de dolor. Y si ha habido momentos difíciles y duros en la historia el pueblo elegido, se han producido cuando el pueblo hacía oídos sordos a las palabras de Dios y escuchaba otras palabras. Sin embargo, el Señor, que a través de Israel quería salvar a todos los pueblos de la Tierra, «en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo». El Hijo de Dios que se hace carne es la culminación de la revelación. El Padre, en efecto, impulsado por un amor sin límites hacia los hombres, envió la palabra que «en el principio… estaba junto a Dios». Esta palabra estaba dirigida a Dios, es decir, vivía de Dios, estaba ligada a Él de manera total. Pues bien, aquella Palabra se ha dirigido también a nosotros. Ese es el misterio que se nos pide que acojamos: Dios mismo habla directamente con nosotros, sin intermediarios. Ya no habla a través de la voz de los profetas sino mediante su propio Hijo. La epístola se abre con un canto a la fuerza y al poder del Hijo que es «resplandor de su gloria e impronta de su sustancia, y el que sostiene todo con su palabra poderosa». La palabra, que ya estaba en el origen de la creación, se ha hecho carne, ha venido a vivir entre nosotros para que todos pudiéramos entrar en diálogo directo con Dios, sin mediadores, y ahora «se sienta a la diestra de la Majestad en las alturas». Esta es la riqueza del misterio cristiano, un misterio ilimitado de amor que une a los hijos directamente con el Padre a través de esta palabra revelada.


27/05/2013
Memoria de los pobres


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