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La oración cada día


 
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Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Yo soy el buen pastor,
mis ovejas escuchan mi voz
y devendrán
un solo rebaño y un solo redil.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Hebreos 2,5-18

En efecto, Dios no sometió a los ángeles el mundo venidero del cual estamos hablando. Pues atestiguó alguien en algún lugar: ¿Qué es el hombre, que te acuerdas de él? ¿O el hijo del hombre, que de él te preocupas? Le hiciste por un poco inferior a los ángeles; de gloria y honor le coronaste. Todo lo sometiste debajo de sus pies. Al someterle todo, nada dejó que no le estuviera sometido. Mas al presente, no vemos todavía que le esté sometido todo. Y a aquel que fue hecho inferior a los ángeles por un poco, a Jesús, le vemos coronado de gloria y honor por haber padecido la muerte, pues por la gracia de Dios gustó la muerte para bien de todos. Convenía, en verdad, que Aquel por quien es todo y para quien es todo, llevara muchos hijos a la gloria, perfeccionando mediante el sufrimiento al que iba a guiarlos a la salvación. Pues tanto el santificador como los santificados tienen todos el mismo origen. Por eso no se avergüenza de llamarles hermanos cuando dice: Anunciaré tu nombre a mis hermanos; en medio de la asamblea te cantaré himnos. Y también: Pondré en él mi confianza. Y nuevamente: Henos aquí, a mí y a los hijos que Dios me dio. Por tanto, así como los hijos participan de la sangre y de la carne, así también participó él de las mismas, para aniquilar mediante la muerte al señor de la muerte, es decir, al Diablo, y libertar a cuantos, por temor a la muerte, estaban de por vida sometidos a esclavitud. Porque, ciertamente, no se ocupa de los ángeles, sino de la descendencia de Abraham. Por eso tuvo que asemejarse en todo a sus hermanos, para ser misericordioso y Sumo Sacerdote fiel en lo que toca a Dios, en orden a expiar los pecados del pueblo. Pues, habiendo sido probado en el sufrimiento, puede ayudar a los que se ven probados.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Les doy un mandamiento nuevo:
que se amen los unos a los otros.

Aleluya, aleluya, aleluya.

«¿Qué es el hombre, para que te acuerdes de él? ¿O el hijo del hombre, para que de él te preocupes?» El autor de la epístola cita el salmo 8 para recordar a los creyentes el amor extraordinario de Dios que, para salvar al hombre del poder del maligno y de la muerte, no se queda en las alturas mirando sino que envía a su propio Hijo para que cuide de él y le salve. Los hombres, para el Señor, no son una nimiedad, sino el objeto de su amor. Por este amor sin límites para «llevar a la gloria» (v. 10) a los hombres el Señor envió a su Hijo a la Tierra. El Hijo bajó hasta lo más profundo de la humanidad, hasta el foso al que se arrojaron los hombres, para recogerlos a todos y salvarlos. Jesús se convierte así en el que «iba a guiarlos a la salvación» (v. 10), nuestro «hermano». A pesar de ser Hijo del altísimo, no se avergonzó de nosotros, de nuestro pecado ni de nuestra pobreza. Al contrario, dijo al Padre: «Anunciaré tu nombre a mis hermanos; en medio de la asamblea te alabaré» (v. 12). Para aquellos cristianos que vivían bajo la pesadilla de las persecuciones y de los sufrimientos, este anuncio era una gran consolación porque, precisamente lo que en aquella tierra les oprimía y les angustiaba, en realidad tranquilizaba su corazón por la certeza de la salvación futura. Gracias al vínculo de filiación directa con Dios y al de una fraternidad firme con los hombres Jesús se ha convertido en «sumo sacerdote» para los cristianos y para toda la humanidad. Es la primera vez que se utiliza en el Nuevo Testamento el título de «sumo sacerdote» aplicado a Jesús. No se le otorga tal consideración para alejarlo de los hombres sino que «se ha convertido» en sumo sacerdote por su fraternidad radical con nosotros. En esta comunión que une al Padre, al Hijo y a la comunidad de los hermanos se adivina el misterio de la Iglesia entendida como una comunidad que reza y que es admitida a la presencia del trono de Dios por su sumo sacerdote, Jesucristo.


30/05/2013
Memoria de la Iglesia


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