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La oración cada día


 
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Icono del Santo Rostro
Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Quien vive y cree en mí
no morirá jamas.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Hebreos 3,1-6

Por tanto, hermanos santos, partícipes de una vocación celestial, considerad al apóstol y Sumo Sacerdote de nuestra fe, a Jesús, que es fiel al que le instituyó, como lo fue también Moisés en toda su casa. Pues ha sido juzgado digno de una gloria en tanto superior a la de Moisés, en cuanto la dignidad del constructor de la casa supera a la casa misma. Porque toda casa tiene su constructor; mas el constructor del universo es Dios. Ciertamente, Moisés fue fiel en toda su casa, como servidor, para atestiguar cuanto había de anunciarse, pero Cristo lo fue como hijo, al frente de su propia casa, que somos nosotros, si es que mantenemos la entereza y la gozosa satisfacción de la esperanza.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Si tú crees, verás la gloria de Dios,
dice el Señor.

Aleluya, aleluya, aleluya.

El autor de la epístola se dirige por primera vez de manera directa a sus destinatarios y los exhorta a no olvidar que son partícipes de una «vocación celestial» y, por tanto, invitados a mantener su mirada fija en Jesús, «apóstol y sumo sacerdote de nuestra confesión». Jesús, como «apóstol», es decir, como «mensajero de Dios», comunica con firmeza la Palabra de Dios y, por tanto, es «digno de fe». Es una clara indicación para que los cristianos consideren a Jesús como el que continúa hablando con autoridad en su vida y reuniéndolos en una comunidad de culto y de oración de la que él es el sumo sacerdote. En efecto –dirá más adelante la Epístola–, Jesús es «el que nos habla desde el cielo (Hb 12,25), es decir, el que continúa hablando a sus discípulos con la fuerza y la potencia que vienen, precisamente, del cielo. Y en cuanto «sumo sacerdote» lleva a Dios la «confesión» común de la fe de los creyentes (Hb 13,15). El autor compara a Jesús con Moisés para subrayar que los cristianos no deben concebirse a sí mismos de manera individualista ni deben considerarse separados los unos de los otros, sino como «casa de Dios», título con el que se aludía al pueblo de Israel entendido como comunidad de oración y de culto. Los cristianos han recibido esta herencia y han pasado a ser ellos mismos la casa que Dios ha preparado: «su propia casa, que somos nosotros» (3,6), siempre que nos mantengamos fieles a nuestra vocación como Cristo con el Padre. Jesús es los cimientos de la nueva casa, la comunidad cristiana entendida como lugar de oración y de culto a Dios. Ya no necesitamos la mediación de Moisés, al que Dios había convertido en su siervo. Mediante el Hijo tenemos acceso directo al Padre: ya no somos siervos como Moisés sino hijos en Jesús. Este había dicho a sus discípulos: «No os llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi padre os lo he dado a conocer» (Jn 15,15). El autor no deja de advertir que la fidelidad al Evangelio vacila cuando «se abandonan las asambleas» (10,25), cuando no nos unimos a la comunidad que reza, que escucha, que celebra, que ama. Tomar distancias con la vida de la comunidad significa estar distante del mismo Jesús. Al contrario, la comunión con los hermanos nace y crece con la que tenemos con Jesús. Es evidente que no se trata de una cuestión de simple participación física en la vida de la comunidad, porque el corazón es fundamental. Pero también es cierto que sin la proximidad física a la vida de la comunidad, a su vocación, a su espíritu, a sus alegrías y a sus preocupaciones es difícil vivir la comunión con Jesús.


01/06/2013
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