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Iglesia de San Egidio - Roma

Recuerdo de san Bonifacio, obispo y mártir. Anunció el Evangelio en Alemania y fue asesinado mientras celebraba la Eucaristía (+754)


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ustedes son una estirpe elegida,
un sacerdocio real, nación santa,
pueblo adquirido por Dios
para proclamar sus maravillas.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Hebreos 4,14-16; 5,1-10

Teniendo, pues, tal Sumo Sacerdote que penetró los cielos - Jesús, el Hijo de Dios - mantengamos firmes la fe que profesamos. Pues no tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado. Acerquémonos, por tanto, confiadamente al trono de gracia, a fin de alcanzar misericordia y hallar gracia para una ayuda oportuna. Porque todo Sumo Sacerdote es tomado de entre los hombres y está puesto en favor de los hombres en lo que se refiere a Dios para ofrecer dones y sacrificios por los pecados; y puede sentir compasión hacia los ignorantes y extraviados, por estar también él envuelto en flaqueza. Y a causa de esa misma flaqueza debe ofrecer por los pecados propios igual que por los del pueblo. Y nadie se arroga tal dignidad, sino el llamado por Dios, lo mismo que Aarón. De igual modo, tampoco Cristo se apropió la gloria del Sumo Sacerdocio, sino que la tuvo de quien le dijo: Hijo mío eres tú; yo te he engendrado hoy. Como también dice en otro lugar: Tú eres sacerdote para siempre, a semejanza de Melquisedec. El cual, habiendo ofrecido en los días de su vida mortal ruegos y súplicas con poderoso clamor y lágrimas al que podía salvarle de la muerte, fue escuchado por su actitud reverente, y aun siendo Hijo, con lo que padeció experimentó la obediencia; y llegado a la perfección, se convirtió en causa de salvación eterna para todos los que le obedecen, proclamado por Dios Sumo Sacerdote a semejanza de Melquisedec.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ustedes serán santos
porque yo soy santo, dice el Señor.

Aleluya, aleluya, aleluya.

La segunda parte de la epístola se abre con una afirmación que quiere animar a los lectores cristianos, que están viviendo un momento difícil de su vida a causa de la fuerte oposición proveniente de los ambientes hostiles al Evangelio. El autor escribe que tienen «un sumo sacerdote que ha atravesado el cielo». El título de «sumo sacerdote», que Jesús ya había recibido anteriormente (2,17) ahora se desarrolla más ampliamente. Es urgente reforzar la confianza de los cristianos en la ayuda de Dios. La epístola nos invita así a todos los creyentes a acercarnos con confianza y sin temor al Señor, con la seguridad de que seremos escuchados porque tenemos un «sumo sacerdote» que nos comprende, que está lleno de compasión por nosotros y sabe presentar a Dios nuestra vida endurecida. Jesús conoce bien nuestras dificultades y nuestras debilidades porque él mismo «ha sido probado en todo como nosotros, excepto en el pecado». Su compasión por nosotros –insiste la epístola– nace del hecho que vino a vivir entre nosotros y conoció en su propia carne la debilidad, excepto el pecado. Pero no nos ha despreciado. Al contrario, ha hecho suya nuestra debilidad para librarnos de ella. Podríamos decir que la ha comprendido desde el interior. Y en su compasión la ha llevado con su cuerpo hasta el cielo. Por eso el autor exhorta: «Acerquémonos confiadamente al trono de gracia». Dios no solo nos escuchará sino que nos auxiliará y nos ayudará. El autor incluye a Jesús en la línea de los sacerdotes, que reciben dicho ministerio por pertenencia familiar. No lo sitúa en la descendencia de Moisés, de Isaías, de Jeremías, de Ezequiel y de los demás profetas, sino en la de Aarón. Jesús fue constituido como sacerdote, heredando de Dios, del que fue engendrado como hijo (1,4ss.), este ministerio. Por eso afirma que Jesús «no se atribuyó el honor de ser sumo sacerdote», sino que se lo confió Aquel que le dijo: «Hijo mío eres tú; yo te he engendrado hoy». Y Jesús ejerció su sacerdocio en esta Tierra «en los días de su vida mortal» ofreciendo «ruegos y súplicas con poderoso clamor y lágrimas al que podía salvarlo de la muerte». El autor insiste en la gratuidad absoluta del amor de Jesús por nosotros: «Aun siendo Hijo, por los padecimientos aprendió la obediencia». La compasión es la razón del misterio de amor: vino entre nosotros para salvarnos. Al igual que todo sacerdote, fue «tomado de entre los hombres y constituido en favor de los hombres en lo que se refiere a Dios para ofrecer dones y sacrificios por los pecados». Lo extraordinario de este misterio radica en el hecho que mientras que cualquier otro sacerdote, tomado de entre los hombres, estaba marcado por el pecado, Jesús, aun siendo inmune al pecado, estaba constituido como tal por Dios para que nosotros fuéramos librados del pecado del que Él era inmune. Y todo por amor. Esta extraordinaria «piedad» de Jesús continúa abriéndonos el cielo.


05/06/2013
Memoria de los santos y de los profetas


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