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Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Yo soy el buen pastor,
mis ovejas escuchan mi voz
y devendrán
un solo rebaño y un solo redil.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Hebreos 9,1-14

También la primera Alianza tenía sus ritos litúrgicos y su santuario terreno. Porque se preparó la parte anterior de la Tienda, donde se hallaban el candelabro y la mesa con los panes de la presencia, que se llama Santo. Detrás del segundo velo se hallaba la parte de la Tienda llamada Santo de los Santos, que contenía el altar de oro para el incienso, el arca de la Alianza - completamente cubierta de oro - y en ella, la urna de oro con el maná, la vara de Aarón que retoño y las tablas de la Alianza. Encima del arca, los querubines de gloria que cubrían con su sombra el propiciatorio. Mas no es éste el momento de hablar de todo ello en detalle. Preparadas así estas cosas, los sacerdotes entran siempre en la primera parte de la Tienda para desempeñar las funciones del culto. Pero en la segunda parte entra una vez al año, y solo, el Sumo Sacerdote, y no sin sangre que ofrecer por sí mismo y por los pecados del pueblo. De esa manera daba a entender el Espíritu Santo que aún no estaba abierto el camino del santuario mientras subsistiera la primera Tienda. Todo ello es una figura del tiempo presente, en cuanto que allí se ofrecen dones y sacrificios incapaces de perfeccionar en su conciencia al adorador, y sólo son prescripciones carnales, que versan sobre comidas y bebidas y sobre abluciones de todo género, impuestas hasta el tiempo de la reforma. Pero presentóse Cristo como Sumo Sacerdote de los bienes futuros, a través de una Tienda mayor y más perfecta, no fabricada por mano de hombre, es decir, no de este mundo. Y penetró en el santuario una vez para siempre, no con sangre de machos cabríos ni de novillos, sino con su propia sangre, consiguiendo una redención eterna. Pues si la sangre de machos cabríos y de toros y la ceniza de vaca santifica con su aspersión a los contaminados, en orden a la purificación de la carne, ¡cuánto más la sangre de Cristo, que por el Espíritu Eterno se ofreció a sí mismo sin tacha a Dios, purificará de las obras muertas nuestra conciencia para rendir culto a Dios vivo!

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Les doy un mandamiento nuevo:
que se amen los unos a los otros.

Aleluya, aleluya, aleluya.

La epístola continúa su reflexión sobre el nuevo sentido del sumo sacerdocio de Jesús respecto al antiguo. En los primeros versículos describe, aunque brevemente, el tabernáculo de la alianza que Moisés hizo preparar según las indicaciones que había recibido en la montaña (8,5). Lo que había sucedido en la primera alianza prefiguraba lo que Dios iba a realizar plenamente con Jesús. El tabernáculo de la presencia de Dios, en efecto, nos dice ya algo de la nueva y la futura alianza que se realizará en el nuevo «templo»: Jesús. Y el mismo Jesús afirma que no ha venido a abolir sino a completar la ley. La tienda de la antigua alianza estaba dividida en dos partes: «el Santo» y el «Santo de los Santos», donde entraba solo el sumo sacerdote una vez al año. La epístola acentúa la separación entre estas dos partes: en el «Santo» se encuentran las cosas simples propias de la vida de cada día, es decir, el candelabro, la mesa y los panes presentados; mientras que el «Santo de los Santos» es una estancia sin ningún objeto que remite a la santidad de Dios. El autor ve en la primera tienda la imagen de la Tierra, y en el Santo de los Santos, la del cielo. También había distinciones entre los ministros: en la primera tienda podían entrar todos los sacerdotes, mientras que en la segunda únicamente podía entrar el sumo sacerdote, y una sola vez al año, tras haber ofrecido un cruento sacrificio y haber aspergido sangre sobre el propiciatorio. Este rito muestra que «no está abierto el camino al santuario» del cielo. Solo con Jesús se produce un cambio completo del sacerdocio y de la ley (7,12). El autor hasta ahora ha afirmado que Jesús, constituido sumo sacerdote, ha penetrado los cielos (4,14) y se ha ofrecido a sí mismo de una vez para siempre (7,27); tomó asiento a la diestra del trono de la Majestad (8,1) y se ha convertido en ministro del verdadero tabernáculo erigido por Dios y no por un hombre (8,2). Y trae dones «reales» (cfr. 10,1), es decir, lleva a cabo las promesas del nuevo pacto (8,6) que son la remisión de los pecados y la definitiva unión con Dios. Él puede procurar estos bienes porque ejerce un ministerio sacerdotal no en el angosto espacio del tabernáculo terrenal sino en «una Tienda mayor y más perfecta, no fabricada por mano de hombre, es decir, no de este mundo». Y, como sumo sacerdote, no pudo entrar en el Santo de los Santos «sin sangre» (9,7). Entró con sangre, efectivamente, pero no a la manera antigua, con la de animales. Jesús entró en el Santuario con su propia sangre. Los discípulos, acogidos por este misterio de salvación, ya entran con Él desde ahora en el Santo de los Santos.


13/06/2013
Memoria de la Iglesia


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