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Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Yo soy el buen pastor,
mis ovejas escuchan mi voz
y devendrán
un solo rebaño y un solo redil.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Jeremías 2,1-7

Entonces me fue dirigida la palabra de Yahveh en estos términos: Ve y grita a los oídos de Jerusalén:
Así dice Yahveh:
De ti recuerdo tu cariño juvenil,
el amor de tu noviazgo;
aquel seguirme tú por el desierto,
por la tierra no sembrada. Consagrado a Yahveh estaba Israel, primicias de su cosecha.
"Quienquiera que lo coma, será reo;
mal le sucederá"
- oráculo de Yahveh -. Oíd la palabra de Yahveh, casa de Jacob,
y todas las familias de la casa de Israel. Así dice Yahveh:
¿Qué encontraban vuestros padres en mí de torcido,
que se alejaron de mi vera,
y yendo en pos de la Vanidad
se hicieron vanos? En cambio no dijeron: "¿Dónde está Yahveh,
que nos subió de la tierra de Egipto,
que nos llevó por el desierto,
por la estepa y la paramera,
por tierra seca y sombría,
tierra por donde nadie pasa
y en donde nadie se asienta?" Luego os traje a la tierra del vergel,
para comer su fruto y su bien.
Llegasteis y ensuciasteis mi tierra,
y pusisteis mi heredad asquerosa.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Les doy un mandamiento nuevo:
que se amen los unos a los otros.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Esta página es como un grito de Dios a su pueblo para que despierte del sueño y recuerde la historia de su amor por él. Gregorio Magno decía que la Sagrada Escritura es la carta de amor de Dios por nosotros. Y en efecto, cada vez que la escuchamos, podemos reconocer y degustar la gran predilección con la que el Señor ha mirado nuestra vida y la atención afectuosa que tiene con nosotros. Dios nos ha atraído y nosotros le hemos seguido. El Señor siente la necesidad de «gritar», a través del profeta, el amor por su pueblo, para que no olvide la gran historia de bondad que ha vivido con su Señor. Por desgracia el pueblo de Israel, y también nosotros, fijamos fácilmente nuestra atención en el crédito que tenemos sobre los demás. Y así, llegamos incluso a jactarnos ante Dios de nuestros méritos, como aquel fariseo de la parábola evangélica, olvidando de ese modo los dones y la gracia que hemos recibido. ¡Cuántas veces repetimos también nosotros lo que hizo Israel! Durante el camino por el desierto se dejó guiar por Dios, experimentó su misericordia, pero una vez hubo entrado en la tierra prometida, se acomodó en su seguridad y se apasionó por la búsqueda de su riqueza y de su bienestar. Esta actitud lo llevó a olvidar a Dios y su misericordia. El orgullo y el sentimiento de autosuficiencia hacen olvidar la obra de Dios y, de manera inexorable, llevan lejos de él. Pero Dios provoca una respuesta en su pueblo: «¿Qué encontraban vuestros padres en mí de torcido, que se alejaron de mi vera, y yendo en pos de la Vanidad se hicieron vanos?». Sí, ¿qué injusticia podemos encontrar en Dios para abandonarle y seguirnos a nosotros mismos? Debemos hacernos esta pregunta. Si no lo hacemos, terminaremos con las manos vacías porque habremos preferido seguirnos a nosotros mismos en lugar de escuchar al Señor. Tal vez la decepción de muchos momentos es también consecuencia de una vida en la que el Señor cuenta para poco porque estamos dominados por nosotros mismos.


04/07/2013
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